viernes, 13 de noviembre de 2009

Víspera.

Mañana a primera hora parece tan lejano. Todavía no sé si se puede fumar en este sitio. “Mañana es el gran día” me dijeron palmeándome los hombros antes de despedirme. Mañana es el gran día, eso lo sé, pero lo que no sé es si en definitiva es el último, o si es el primero de todos. Quisiera poder salir a la calle y correr y huir de todo y todos, y tomar un barco, o un tren, o robarme una moto para perderme entre las luces del otoño. Quisiera salir de esto, eso es todo. Y fumar como poseído, también quiero eso. Pero sobre todo quiero salir de esta suerte de hoyo en que me metí a mí mismo. Porque fui yo quien dio el tiro por el anillo. Ella dijo “Sí”, pero ya era tarde. Al momento yo ya me había arrepentido, qué hacerle. Yo solo fui el culpable de encadenarme a un cuarto, y a una hora, y a un día. Y el día es mañana, y la hora se acerca, y yo sin un cigarro.

Me despertaron los golpes en la puerta. Me puse el traje. Por más que insistieron me rehusé a probar bocado. Cuando vi al sacerdote no dije nada, y él tampoco hizo un esfuerzo por hablarme. El único que estuvo conmigo fue mi primo, el abogado. Le pedí un cigarro, pero no traía o no quiso dármelo. Cuando entré todos los ojos estaban fijos en mí. Sus padres me observaron fijamente tras el enorme cristal que nos separaba. Yo no pude verlos a los ojos. Estaba consciente de que cada segundo me iban amarrando más y más, pero no hice nada, ya todo estaba perdido.

Suspiré.

Luego sentí cómo me penetraba la aguja.

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