Recuerdo la cocina de casa de mi abuela Gloria
me acuerdo que el refrigerador era verde
y también la estufa
que había una nevera con un acabado de madera.
Desayunábamos huevos con frijoles
y había siempre Nescafé y azucar en el centro de la mesa
pero nunca servilletas.
Yo acompañaba a mi abuela a comprar carne y chicharrón
la carnicería quedaba como a tres cuadras
y yo me caía todo el tiempo
en cada hoyo, cada bache
y, como mi abuela me llevaba de la mano
me daba un jalón para levantarme cada que terminaba en el piso
de cada seis pasos me resbalaba cuatro
Alguna vez mi papá y su esposa se fueron al cine
a mi hermana y a mí nos dejaron con mi abuela
recuerdo que vi la novela con ella
y me comí tres melones enteros
con mis cinco años
Antes dormía en un sofacama
y me hacían obligaban a ponerme pijama
una pijama de lana que picaba mucho
la odiaba, la odiaba
y cuando todavía no nacía mi hermana
yo me imaginaba que, al nacer ella,
íbamos a ser muy buenos amigos
e íbamos a tener pijamas iguales
pijamas que picaban
la suya rosa, la mía verde
Pero mi hermana nació y nunca tuvo una pijama como la mía
yo la adoraba, y jugaba todo el tiempo con ella
ella no podía decir Beto
mucho menos Humberto
y me decía Guo
todos me dicen Guo
A mi hermana yo la enseñé a caminar
pasito a pasito
una mañana, cuando papá y yo despertamos,
mi hermana iba corriendo de mi cama a la cama de mi papá
visceversa
yo le enseñe a caminar a mi hermana.
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domingo, 29 de marzo de 2009
viernes, 27 de marzo de 2009
Releer
Leo más cuando estoy solo, cuando me encuentro y me entiendo solo. Cuando, en vez de obligarme a separarme del monitor, la tele o la pantallita del celular, tengo que convencerme de la imperiosa necesidad de levantarme de la cama y despegarme la tinta de los ojos.
Y uno lee y relee. Y cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no queda siempre en la memoria, pero en cambio su soplo vital si penetra en el alma del lector.
Hay personajes literarios a los que hay que propinarles un abrazo que se llena de adjetivos y también hay atractivas bocas femeninas de las que uno recibe besos de papel.
Los personajes vibran, avanzan, se detienen, vuelan, se sumergen, se dejan elegir, y uno los acomoda en el archivo de las remembranzas. Algunos son como espejos, y otros son como aliados o acusadores.
Hay personajes jubilosos y otros con un pozo de tristezas. Los hay tan melancólicos que nos contagian su melancolía; tan prometedores que los aplaudimos en los sueños. Tan santos que los miramos con escepticismo, y tan demoníacos que nos espantan el corazón.
Hay personajes ciegos que nos miran con las manos y otros delirantes que nos envenenan la costumbre. Hay personajes transparentes y otros irremediablemente [amo la palabra “irremediable”] opacos. Hay los que cavilan en verso y los que se lavan la lluvia. Los que mendigan y los que derrochan.
Hay personajes viudos que lloran sin lágrimas y cuando terminan con su liturgia impresa, se evaden del papel y lo celebran con su conyugue de carne y hueso, beaujolais mediante.
Finalmente hay personajes que casi casi somos nosotros. Y los queremos, a pesar de todo.
Y uno lee y relee. Y cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no queda siempre en la memoria, pero en cambio su soplo vital si penetra en el alma del lector.
Hay personajes literarios a los que hay que propinarles un abrazo que se llena de adjetivos y también hay atractivas bocas femeninas de las que uno recibe besos de papel.
Los personajes vibran, avanzan, se detienen, vuelan, se sumergen, se dejan elegir, y uno los acomoda en el archivo de las remembranzas. Algunos son como espejos, y otros son como aliados o acusadores.
Hay personajes jubilosos y otros con un pozo de tristezas. Los hay tan melancólicos que nos contagian su melancolía; tan prometedores que los aplaudimos en los sueños. Tan santos que los miramos con escepticismo, y tan demoníacos que nos espantan el corazón.
Hay personajes ciegos que nos miran con las manos y otros delirantes que nos envenenan la costumbre. Hay personajes transparentes y otros irremediablemente [amo la palabra “irremediable”] opacos. Hay los que cavilan en verso y los que se lavan la lluvia. Los que mendigan y los que derrochan.
Hay personajes viudos que lloran sin lágrimas y cuando terminan con su liturgia impresa, se evaden del papel y lo celebran con su conyugue de carne y hueso, beaujolais mediante.
Finalmente hay personajes que casi casi somos nosotros. Y los queremos, a pesar de todo.
martes, 10 de marzo de 2009
El cortijo
Y es que, para mí, el Cortijo siempre fue algo mágico por las noches. De pequeño (o no tan pequeño, 10, 11 añitos; pero bah) solía ir mucho porque mi madre tocaba en el café literario todos los viernes en la noche. Entonces, yo iba, la acompañaba, y me dedicaba a matar el tiempo corriendo y recorriendo todo el lugar. Me inventé mis juegos, mis miedos, mis supersticiones. Imaginaba templos, castillos, ejércitos, compañeros de guerra que morían, féminas guerreras bastante idénticas a las chicas lindas de mi escuela a las que había que echarles la mano (que hasta en la imaginación tengo mi lado feminista, puesto que mi excusa para rescatarlas era siempre la cofradía pura y dura, y no la frágil excusa de la defensa por el género) y, sobre todo, las sombras de las cuales corría, por las cuales me arrojaba -con total desprecio hacia mis pobres pantalones- por las escaleras. Porque, deben saber, mis enemigos imaginarios han sido algo siempre constante en mi vida. De hecho, el primer y único hueso que me he roto (por más que te sorprenda, únicamente ha sido uno) involucró un round de box, el puñetazo bien conectado de un negro imaginario con pantalones cortos, y un barandal de cuna flojo. Incluso en estos tiempos, suelo andar por la calle (por lo general cuando voy al OXXO por cigarros para mi madre) dando golpes y patadas al aire, y sacando de pedo a los que pasan.
En fin, del Cortijo me aprendí todos los apagadores, todos los cuartos de baño, todos los recovecos, todas las formas de colgarse, de subir a los techos, de pasear por las cornisas, todas las formas de abrir las ventanas flojas, todos los escalones, todo, todito, todísimo de memoria. Y había una niña, Andrea, de la que sólo recuerdo los lentes, los pantalones de mezclilla (siempre usaba unos del mismo corte… ¿o habrán sido siempre los mismos?) y el cabello castaño. Y ella fue algo así como mi primera novia; e, incluso hoy día, me descubro utilizando su nombre en algunos de mis cuentos.
En fin, del Cortijo me aprendí todos los apagadores, todos los cuartos de baño, todos los recovecos, todas las formas de colgarse, de subir a los techos, de pasear por las cornisas, todas las formas de abrir las ventanas flojas, todos los escalones, todo, todito, todísimo de memoria. Y había una niña, Andrea, de la que sólo recuerdo los lentes, los pantalones de mezclilla (siempre usaba unos del mismo corte… ¿o habrán sido siempre los mismos?) y el cabello castaño. Y ella fue algo así como mi primera novia; e, incluso hoy día, me descubro utilizando su nombre en algunos de mis cuentos.
sábado, 7 de marzo de 2009
Mi abuelo se ha graduado.
Mi abuelo se ha graduado.
Sí, no es mentira; mi abuelo se acaba de graduar en la Licenciatura en Artes Plásticas de la UABC (uabelleza) campus Tijuana. De hecho, nada más dos personas se graduaron de los cuarenta que había en la carrera. Tan sólo fueron él y una compañera suya. Imagino que todos los demás se quedaron haciendo extraordinarios. Juar juar.
La graduación fue en Mexicali, para mi desgracia. Transcribiré los tuits que me puse a hacer en la central de autobuses:
"Desde la sala de espera de la estación de autobuses de Mexicali: Mi abuelo ya está recién graduado y me di cuenta de que caminamos igualito.
Desde la sala de espera de la estación de autobuses de Mexicali II: Diosmío (o diosdeotros, vale madre), como odio Mexicali...
Deberían ponerle una piedra encima. O bueno, no, mejor no. Luego los cachanillas saldrían de debajo como hormiguitas y se irían a Tijuana...
Me siento como Homero Simpson cuando va de viaje a Nueva York. Sólo que aquí en Mexicali no hay Woodys Allen que me tiren basura desde la ventana.
Me vale madre, sería feliz con la basura de Woody Allen.
Bueno, excepto si le da por tirar Manhattan [me refiero al rollo original]. No es que no me guste ni nada (al contrario, me encanta), es sólo que de seguro me descalabra. Llega ya el camión. Miento, faltan como 8 minutos, pero mi madre tiene ganas de fumar y aquí dentro no se puede. ¡Adiós, tuiters!"
Pinche Mexicali me maltrata [No recuerdo bien si es en Puebla o en Veracruz, pero hay un pueblito que se llama Maltrata en el que una vez se nos ocurrió detenernos. A mi hermano se le ocurrió treparse a un tíovivo; luego salió volando y fue a dar directo contra una tabla. Cuatro puntos y media ceja perdida después, a mi papá se le ocurrió decirle "Te maltrató Maltrata ¿verdad, Charly?". Juro que escuché un túru-chh. Y ahí tienen, señoras y señores: mi padre y sus chistes lerdos]. Siempre salgo con el tobillo torcido o la rodilla jodida. Igual y simplemente camino mal, pero es tan satisfactoria echarle la culpa a la ciudad...
Pinche Mexicali; pero no importa: yo ya tengo un abuelo graduado (otra vez).
viernes, 6 de febrero de 2009
Los pies son un racimo de pasos
Tendría tres o cuatro años. Recuerdo que andaba caminando por mi padre por Plaza Santa Fe (lo recuerdo por el piso, tengo un recuerdo casi fotográfico de ese piso) y yo, dando muestras de una temprana inseguridad, le pregunté a papá si pensaba que yo caminaba bien. Él contestó un sí bastante distraído, pero pasé el resto de mi infancia (y aún hoy lo noto, como cuando camino en el centro hacia los taxis azul y morado) teniendo que dar mis pasos de una forma conscientemente correcta. Aclaro, esto tan sólo sucedía cuando salía; ya en la casa, o cuando ando distraído -cosa recurrente- adquiero esa forma de andar tan peculiar mía, que hace que me comparen con los viejitos. Pero ya a la hora de salir, mi paso se convertía en un miedo al ridículo que me hacía, y me hace, quedar todavía más ridículo. "Beto, ya deja de ver el piso" ha sonado en voces de mi padre, de mi tía Ale, de mi abuela, de Yojana y de mi primo Jorge; siempre tan fijones ellos.
[Acaba de llegar mi madre. Lo sé por los pasos, los tacones. Más por los pasos que por los tacones. Reconozco su ritmo, que es bastante distinto a los desgarbados taconazos de la vecina de arriba.]
Cuando vivíamos en casa de mis abuelos (Hubo un periodo en mi infancia -Es la única temporada a la que puedo definir con total certeza como "infancia"- en que vivimos en casa de mis abuelos en un mismo momento, mi madre, mis dos tíos, los consabidos abuelos, y este servidor) me entretenía en reconocer los pasos de quienes subían las escaleras (no era una tarea muy difícil; a fin de cuentas, sólo somos seis, pero de todas formas me entretenía).
El paso de mi abuelo, por ejemplo; que es, según dicen algunos, muy parecido al mío, suele hacer un "chh-chh... chh-chh... chh...chh" paciente y lerdo que me llena de ternura. No sé por qué, pero ese sonido siempre me hace imaginar que mi abuelo duda entre avanzar, o en detenerse para quedarse viendo algo, lo que sea. En cambio, el paso de mi abuela es más severo y directo. Es un paso sencillo y bronco que sólo le sirve para llevarla del punto a al punto b. El paso de mi tío Mau no comparte nada de los pasos anteriores. Él tiene un paso exacto y mesurado; siempre deja que el talón se vaya apoyando suavemente, para así irle danto apoyo a una planta que se dejará ir cayendo suavemente hasta dar con un contacto ortopédicamente perfecto con las baldosas. Después de la tan fina zancada, le sigue otra, y otra, y otra, y otra (es bien sabido que esta es una práctica común a la hora de caminar) con un dinamismo que viene a ser intrínseco y metódico. Al contrario suyo, mi tío Mario tiene un andar nervioso y desesperante; suele ir intercambiando zancaditas y zancadotas al azar, dejándome siempre indispuesto porque desconozco si le falta mucho o poco para llegar a donde quiera que me haya ocultado.
El paso de mi padre también es mesurado. Por lo menos cuando anda afuera, o en el trabajo. Ya cuando llega a casa (su casa) su paso se vuelve pesado y audiblemente cansado. Curiosamente, ese paso para mí se ha vuelto en algo así como un bálsamo; porque después de pasar todo el día aguantando a mis hermanos, no hay mayor alivio que el peso de sus pasos antes de que se asome a la puerta de mi cuarto.
Perdón por esta cosa repleta de sonidos y percusiones, pero es que todo este recuento de las huellas familiares se debe a una sola pregunta que me hice hace rato: ¿Me acostumbraré algún día al sonido de sus pasos? Toco madera -sin patas, por las dudas- porque la respuesta sea "sí".
[Acaba de llegar mi madre. Lo sé por los pasos, los tacones. Más por los pasos que por los tacones. Reconozco su ritmo, que es bastante distinto a los desgarbados taconazos de la vecina de arriba.]
Cuando vivíamos en casa de mis abuelos (Hubo un periodo en mi infancia -Es la única temporada a la que puedo definir con total certeza como "infancia"- en que vivimos en casa de mis abuelos en un mismo momento, mi madre, mis dos tíos, los consabidos abuelos, y este servidor) me entretenía en reconocer los pasos de quienes subían las escaleras (no era una tarea muy difícil; a fin de cuentas, sólo somos seis, pero de todas formas me entretenía).
El paso de mi abuelo, por ejemplo; que es, según dicen algunos, muy parecido al mío, suele hacer un "chh-chh... chh-chh... chh...chh" paciente y lerdo que me llena de ternura. No sé por qué, pero ese sonido siempre me hace imaginar que mi abuelo duda entre avanzar, o en detenerse para quedarse viendo algo, lo que sea. En cambio, el paso de mi abuela es más severo y directo. Es un paso sencillo y bronco que sólo le sirve para llevarla del punto a al punto b. El paso de mi tío Mau no comparte nada de los pasos anteriores. Él tiene un paso exacto y mesurado; siempre deja que el talón se vaya apoyando suavemente, para así irle danto apoyo a una planta que se dejará ir cayendo suavemente hasta dar con un contacto ortopédicamente perfecto con las baldosas. Después de la tan fina zancada, le sigue otra, y otra, y otra, y otra (es bien sabido que esta es una práctica común a la hora de caminar) con un dinamismo que viene a ser intrínseco y metódico. Al contrario suyo, mi tío Mario tiene un andar nervioso y desesperante; suele ir intercambiando zancaditas y zancadotas al azar, dejándome siempre indispuesto porque desconozco si le falta mucho o poco para llegar a donde quiera que me haya ocultado.
El paso de mi padre también es mesurado. Por lo menos cuando anda afuera, o en el trabajo. Ya cuando llega a casa (su casa) su paso se vuelve pesado y audiblemente cansado. Curiosamente, ese paso para mí se ha vuelto en algo así como un bálsamo; porque después de pasar todo el día aguantando a mis hermanos, no hay mayor alivio que el peso de sus pasos antes de que se asome a la puerta de mi cuarto.
Perdón por esta cosa repleta de sonidos y percusiones, pero es que todo este recuento de las huellas familiares se debe a una sola pregunta que me hice hace rato: ¿Me acostumbraré algún día al sonido de sus pasos? Toco madera -sin patas, por las dudas- porque la respuesta sea "sí".
lunes, 12 de enero de 2009
Me costó mucho trabajo
No supe sacarlo el otro día, pero hoy creo que sí puedo. No sé, ni tengo idea, ni me importa realmente el que ustedes -que pueden o no existir- sepan, o entiendan, o noten, o entrevean la enorme carga de ternura, de nostalgia, y de amargura que imprimo cada vez que escribo algo. Odio el cliché, pero la verdad es que si soy de esos que se estrujan el pecho cada vez que escriben algo. O los dedos, que se estrujan y forzan a las teclas a dar el golpe más al fondo, más profundo, como si esperara que se logre traslucir todo el peso, toda la carga que le doy a las palabras. Sufro cuando escribo, se me colman los lagrimales, hago ruiditos, se me tapa la nariz, y creo que me hace falta que me hagan caso.
Me hace falta que me hagan caso. No saben lo culero y lo débil que me siento cuando digo esto, pero no puedo no decirlo. Es como cuando se lee un poema en voz alta, un poema que uno necesita urgentemente que otro entienda, que otro lo sienta cómo lo sientes, y se asegura uno de que cada palabra, cada coma, cada acento tenga todo el bagaje de significado que uno le dio al leerlo. Y uno tiene que asegurarse de que se entienda, de que les quede claro porque ya sabemos; sabemos que cuando nos leen un poema a nosotros, nosotros nos distraemos un poco, nos perdemos varias, muchas de las palabras que al otro le está costando tanto decirnos. Y, porque sabemos eso, cuando leemos un poema nos esforzamos locamente para que el otro no se pierda palabra -como hacemos nosotros- de eso que nos desgarra cuando nos pasa de las pupilas a la garganta.
Por eso, cuando escribo y pulso las letras hasta que despiertan a mi gata, y cada palabra, cada fonema viene a ser el mundo para mi; me importa que no pierdan detalle, me hace falta que me hagan caso. Y que no nomás me pasen de largo.
Me hace falta que me hagan caso. No saben lo culero y lo débil que me siento cuando digo esto, pero no puedo no decirlo. Es como cuando se lee un poema en voz alta, un poema que uno necesita urgentemente que otro entienda, que otro lo sienta cómo lo sientes, y se asegura uno de que cada palabra, cada coma, cada acento tenga todo el bagaje de significado que uno le dio al leerlo. Y uno tiene que asegurarse de que se entienda, de que les quede claro porque ya sabemos; sabemos que cuando nos leen un poema a nosotros, nosotros nos distraemos un poco, nos perdemos varias, muchas de las palabras que al otro le está costando tanto decirnos. Y, porque sabemos eso, cuando leemos un poema nos esforzamos locamente para que el otro no se pierda palabra -como hacemos nosotros- de eso que nos desgarra cuando nos pasa de las pupilas a la garganta.
Por eso, cuando escribo y pulso las letras hasta que despiertan a mi gata, y cada palabra, cada fonema viene a ser el mundo para mi; me importa que no pierdan detalle, me hace falta que me hagan caso. Y que no nomás me pasen de largo.
lunes, 5 de enero de 2009
Desde un balcón

Era idéntica, lo juro, a la chica de la portada del DVD de "Los amantes del círculo polar". Ana se llamaba la muchacha en la película, y si tengo una hija se va a llamar igual.
Fueron tres las cosas que se sucedieron muy rápidamente y que vinieron a cambiar mi vida.
La primera fue mi primo Lalo. Él, tan raro él, vino a presntarme Amelie mientras comíamos hostias con salsa valentina. Y ahí fue descubrir colores, y olores, y formas, y tomas, y cine, un cine que venía a ser completamente nuevo para mí.
La segunda era una muchacha, la primer muchacha de mi edad con la que podía platicar. Fue un shock tremendo. Es cierto, no era particularmente bonita, pero en esos tiempos yo no sabía que rara y linda coincidían más de lo que uno esperaría. La chica en cuestión, y un servidor, empezamos a andar, y a los diez días ya no éramos vírgenes. Veníamos de acabar de cumplir quince.
La tercera y última viene a ser consecuencia de la segunda: Ver "Los amantes del círculo polar". Todavía no le encuentro una razón de ser a esto, pero esta película vino a cambiarme la vida. Quizá después de verla fue cuando comenzé a ser un poco más romántico, más dramático, más cargado de nostalgia. Gracias a esta película conocí a mi mejor amiga, escribí el más cursi de mis cuentos, hice el más cursi de mis actos, y, hasta el momento queda alguna que, cuando estoy a punto de entrar por su ventana, manda un mensaje en que dice y repite "valiente".
Lo primero que hice fue preguntarle "¿Cómo te llamas?" desde el balcón de la prepa; quería que se llamara Ana, me hubiera caído muerto si se hubiese llamado Ana, era idéntica a Ana, tenía el corte de Ana, el rímel de Ana, lo triste de Ana, y debía llamarse Ana, no era para menos. Pero ella contestó "Sandra", y lo contestó con una sonrisa que Ana nunca habría tenido, pero Sandra la tenía y -qué le vamos a hacer- me enamoré sin quererlo.
Y luego, bueno, excusas para bajar a su salón, y hablarle de repente, y enterarnos de que cumplíamos años el mismo día, y descubrir que su mejor amiga se hizo la mejor amiga de mi novia, y salir los cuatro juntos, y decir "carajo tengo novia, mi primera novia, y me estoy enamorando de otra al mes de andar con ella", y decir siempre "mira, ahí vive Sandra" cuando pasábamos por su edificio, y soñar con ella, y sentirme mal cuando no aparecía por la escuela, y sentirme perdido cuando en segundo semestre se cambió de prepa, y no saber qué hacer en mis recesos cuando me faltaba, y admitir que es feo que, mientras más la conocía, más me desenamoraba, pero más la quería, carajo, y que su padre reconozca siempre mi voz al teléfono, y que la odiara de vez en cuando, sobre todo cuando me daba cuenta que si yo no la visitaba, ella no haría ningún esfuerzo por verme, y fumar en la ludoteca mientras cantábamos High & Dry en la versión de Jorge Drexler, y verla llorar por primera vez por un imbécil, y alegrarme de haber llevado mi saco ese día, y que ese saco sea el más grande de mis tesoros, y perderle la pista por casi un año, y ver los Amantes y caer en cuenta que la quiero tanto.
Y ahora salgo a fumar al techo de mi casa (mi secreto baluarte para el tabaco) y espero, o sueño, con que ella salga también a fumar al balcón de la suya.
domingo, 9 de noviembre de 2008
miércoles, 29 de octubre de 2008
Globos naranjas
Yo iba en tercero de Kinder. Ese día mi profesora no había ido, así que decidieron juntar a la clase del grupo A con la del grupo B. Nos odiábamos: los del A eran los Asnos, y los del B éramos los Burros. Supongo que no teníamos mucho vocabulario, o que conocíamos muy pocos animales.
Por alguna extraña razón, ese día nos habían dado un globo naranja a todos. Un globo común y corriente, pero naranja. Desde entonces era distraído y siempre me entero de las cosas a la mitad, por eso medio entendí que teníamos que llevar el globo al día siguiente. Cuando llegué a la casa, le enseñé mi globo a mi tío Mau. Él tomó una regla y me dijo que me alejara, que me lo iba a pasar. El globo estalló al contacto con la regla. A mi tío le dio risa y yo me puse a llorar. Le expliqué que lo tenía que llevar a la escuela al día siguiente y que era mi tarea y que él la acababa de romper. Lloré un buen rato, y mi tío se sintió muy apenado conmigo. Como a las dos horas, cuando llegó mi madre del trabajo para comer, un globo anaranjado y enorme la acompañaba. No se lo quise prestar a mi tío.
Al día siguiente llegué con mi globo a la escuela.
Yo era el único que lo llevaba.
Lo troné yo mismo.
Por alguna extraña razón, ese día nos habían dado un globo naranja a todos. Un globo común y corriente, pero naranja. Desde entonces era distraído y siempre me entero de las cosas a la mitad, por eso medio entendí que teníamos que llevar el globo al día siguiente. Cuando llegué a la casa, le enseñé mi globo a mi tío Mau. Él tomó una regla y me dijo que me alejara, que me lo iba a pasar. El globo estalló al contacto con la regla. A mi tío le dio risa y yo me puse a llorar. Le expliqué que lo tenía que llevar a la escuela al día siguiente y que era mi tarea y que él la acababa de romper. Lloré un buen rato, y mi tío se sintió muy apenado conmigo. Como a las dos horas, cuando llegó mi madre del trabajo para comer, un globo anaranjado y enorme la acompañaba. No se lo quise prestar a mi tío.
Al día siguiente llegué con mi globo a la escuela.
Yo era el único que lo llevaba.
Lo troné yo mismo.
domingo, 14 de septiembre de 2008
desbordándome
Cristian vivía en la casa de la izquierda. Parecía chino y era mi mejor amigo. Su familia era cristiana, y me invitaron a ir a la iglesia con ellos un par de veces. Algo que tienen en común todas las religiones es que son aburridas. Pero a mí se me hacía muy chistoso que se llamara Cristian y fuese cristiano. Jugábamos a los carritos en su patio. Tenía muchas piedritas y hacíamos caminos. Alguien, no sé quien, me regaló una vez una especie de croquis para jugar a los carritos. Con calles, espacios para estacionarse y todo. Yo lo llevaba a casa de Cristian y se lo presumía, y jugábamos en él, y acababa todo raspado por las piedritas. Una vez entré a su casa. Era fea, pero en su cuarto tenía una alfombra enorme con más callecitas, autopistas y estacionamientos de los que jamás había imaginado. Desde esa vez, no volví a sacar mi mapita.
Cristian tenía una litera que me fascinaba aunque siempre oliera a orines. Él y su hermano mayor (que a mí se me hacía enorme, pero en realidad debió haber tenido unos nueve años) dormían en la cama de arriba. Su hermana menor dormía en la cama de abajo. Una noche, la cama de arriba se cayó y su hermana murió al intante. No sé por qué no me acuerdo de su nombre.
Sólo éramos dos niños en mi calle. O por lo menos en ese lado de la acera. Nunca -jamás de los jamases- cruzábamos la calle.
Una tarde llegó David a la casa de al lado. La de la derecha. Tenía juguetes de los caballeros del zodiaco y con eso se ganó a Cristian. No lo niego, soy celoso. Preferí estar sólo, a tener medio amigo. Además, los dos eran más grandes y ya se sabían la tabla del dos. Yo ni sabía que era una tabla; y creo si hubiera sabido, quizás no habría tenido tantas ganas de saberlas.
Así que dejé de juntarme con Cristian y me encerré a cal y canto en mi casa. Pero luego su hermana se murió y se mudaron. A la Zona Río, creo. Cuando nos depedimos, me dijo que estaba invitado cuando quisiera. Pero nunca lo volví a ver.
David y yo nos hicimos mejores amigos, pero creo que nunca lo quise mucho. Él era Yoga y yo Seiya, y yo tenía un bat de baseball y jugábamos en mi patio sin entender mucho lo que hacíamos.
Un día, apareció Édgar. Vivía a tres casas a la derecha, y tenía un jardín enorme y plano. Todos los patios que conocía eran inclinados, y si jugabas fútbol, la pelota siempre iba a gol. Pero el patio de Édgar era enorme, y su papá vendía maquinitas de videojuegos (de esas que hay en las pizzerías) y nosotros podíamos jugar gratis. Además, sus rejas eran altas y no volábamos la pelota cada cinco minutos.
Una tarde jugábamos con nuestros dinosaurios de Jurassic Park mientras comíamos pasto y el sol caía. Al día siguiente yo tenía que volar a México para ver a mi papá y no los vería por dos meses. Y el sol estaba rojo y yo, no sé por qué, supe que ese momento era el último día de mi infancia. Todavía lo pienso. Todavía pienso que a los siete años se me murió la infancia.
Cristian tenía una litera que me fascinaba aunque siempre oliera a orines. Él y su hermano mayor (que a mí se me hacía enorme, pero en realidad debió haber tenido unos nueve años) dormían en la cama de arriba. Su hermana menor dormía en la cama de abajo. Una noche, la cama de arriba se cayó y su hermana murió al intante. No sé por qué no me acuerdo de su nombre.
Sólo éramos dos niños en mi calle. O por lo menos en ese lado de la acera. Nunca -jamás de los jamases- cruzábamos la calle.
Una tarde llegó David a la casa de al lado. La de la derecha. Tenía juguetes de los caballeros del zodiaco y con eso se ganó a Cristian. No lo niego, soy celoso. Preferí estar sólo, a tener medio amigo. Además, los dos eran más grandes y ya se sabían la tabla del dos. Yo ni sabía que era una tabla; y creo si hubiera sabido, quizás no habría tenido tantas ganas de saberlas.
Así que dejé de juntarme con Cristian y me encerré a cal y canto en mi casa. Pero luego su hermana se murió y se mudaron. A la Zona Río, creo. Cuando nos depedimos, me dijo que estaba invitado cuando quisiera. Pero nunca lo volví a ver.
David y yo nos hicimos mejores amigos, pero creo que nunca lo quise mucho. Él era Yoga y yo Seiya, y yo tenía un bat de baseball y jugábamos en mi patio sin entender mucho lo que hacíamos.
Un día, apareció Édgar. Vivía a tres casas a la derecha, y tenía un jardín enorme y plano. Todos los patios que conocía eran inclinados, y si jugabas fútbol, la pelota siempre iba a gol. Pero el patio de Édgar era enorme, y su papá vendía maquinitas de videojuegos (de esas que hay en las pizzerías) y nosotros podíamos jugar gratis. Además, sus rejas eran altas y no volábamos la pelota cada cinco minutos.
Una tarde jugábamos con nuestros dinosaurios de Jurassic Park mientras comíamos pasto y el sol caía. Al día siguiente yo tenía que volar a México para ver a mi papá y no los vería por dos meses. Y el sol estaba rojo y yo, no sé por qué, supe que ese momento era el último día de mi infancia. Todavía lo pienso. Todavía pienso que a los siete años se me murió la infancia.
viernes, 20 de junio de 2008
Lindos tiempos y llamadas anónimas
Creo que yo tenía cuatro años y en ese entonces vivíamos con mis abuelos. Eran lindos tiempos. Como no había niños en la cuadra yo me la vivía prácticamente entre el kinder y la televisión, y en esos tiempos el tiempo no tenía sentido: Un capítulo de los supersónicos para mí equivalía a un día entero de vida cuando en realidad sólo duraba una media horilla; y cuando en mis libros de mafalda había una coma guardaba la respiración tres segundos exactos (imaginen a este filocronopio con 80 cm. de estatura sentado en el excusado con unas piernitas flacas "colgando graciosamente" mientras cuenta "uuuno, dooos, trees" cada seis segundos).
Sí, eran buenos tiempos.
Aunque las piernas se me dormían muy seguido.
Y cuando mi abuela se ponía a hacer la comida, yo la hacía jugar a las escondidas conmigo; y si se quemaba el arroz pedíamos pizza.
Luego, mi mamá se iba a trabajar en las tardes; y cuando regresaba se ponía a tocar la guitarra mientras yo me metía en el estuche con todos mis peluches y hacía como que navegaba en el parquet.
También por la tarde mi abuelo se iba a trabajar al consultorio, y el hecho de que se fuera no-sé-porqué me hacía sentir peor que cuando se iba mi mamá. Por eso, un día le pedí el teléfono del consultorio a mi abuela, y ella me lo dio sin mayor problema; pero cuando le iba a marcar ya se me había olvidado. Entonces marqué un número cualquiera y me respondió un muchacho y le pregunté que si estaba mi abuelo y él me dijo que no, pero yo le pregunté que si no me lo podía pasar, y él me dijo que no por que ahí no vivía, y yo le dije que yo quería hablar con mi abuelo, y él me decía que pues que no se podía por que ahí no estaba mi abuelo.
Entonces lo que le iba a platicar a mi abuelo se lo empecé a contar a él y el me escuchó y me hizo plática un rato también. Después colgamos y me di cuenta de que yo tenía un amigo. Y curiosamente, aunque nunca me pude aprender el número del consultorio de mi abuelo, el del muchacho sí me lo aprendí, entonces yo le marcaba en las tardes y le contaba mi día, y él me escuchaba y me preguntaba por el número de teléfono de mi casa (que tampoco me sabía) y yo le decía que iba a investigar y me salía al patio y veía el número de la dirección de mi casa, y yo juraba que ese era el número de teléfono aunque faltaran dos dígitos; pero él no entendía.
Un día mi tío subió al cuarto de mis abuelos y me escuchó mientras hablaba. Yo no me dí cuenta. Al parecer mi tío le dió al redial y habló con el muchacho. Después hablaron conmigo y me dijeron que no esatba bien que hablara con extraños y que qué suerte que el muchacho era buena gente y no sé qué otras cosas.
Nunca le volví a marcar. Hace poco me enteré que yo marcaba a una panadería del centro.
Sí, eran buenos tiempos.
Aunque las piernas se me dormían muy seguido.
Y cuando mi abuela se ponía a hacer la comida, yo la hacía jugar a las escondidas conmigo; y si se quemaba el arroz pedíamos pizza.
Luego, mi mamá se iba a trabajar en las tardes; y cuando regresaba se ponía a tocar la guitarra mientras yo me metía en el estuche con todos mis peluches y hacía como que navegaba en el parquet.
También por la tarde mi abuelo se iba a trabajar al consultorio, y el hecho de que se fuera no-sé-porqué me hacía sentir peor que cuando se iba mi mamá. Por eso, un día le pedí el teléfono del consultorio a mi abuela, y ella me lo dio sin mayor problema; pero cuando le iba a marcar ya se me había olvidado. Entonces marqué un número cualquiera y me respondió un muchacho y le pregunté que si estaba mi abuelo y él me dijo que no, pero yo le pregunté que si no me lo podía pasar, y él me dijo que no por que ahí no vivía, y yo le dije que yo quería hablar con mi abuelo, y él me decía que pues que no se podía por que ahí no estaba mi abuelo.
Entonces lo que le iba a platicar a mi abuelo se lo empecé a contar a él y el me escuchó y me hizo plática un rato también. Después colgamos y me di cuenta de que yo tenía un amigo. Y curiosamente, aunque nunca me pude aprender el número del consultorio de mi abuelo, el del muchacho sí me lo aprendí, entonces yo le marcaba en las tardes y le contaba mi día, y él me escuchaba y me preguntaba por el número de teléfono de mi casa (que tampoco me sabía) y yo le decía que iba a investigar y me salía al patio y veía el número de la dirección de mi casa, y yo juraba que ese era el número de teléfono aunque faltaran dos dígitos; pero él no entendía.
Un día mi tío subió al cuarto de mis abuelos y me escuchó mientras hablaba. Yo no me dí cuenta. Al parecer mi tío le dió al redial y habló con el muchacho. Después hablaron conmigo y me dijeron que no esatba bien que hablara con extraños y que qué suerte que el muchacho era buena gente y no sé qué otras cosas.
Nunca le volví a marcar. Hace poco me enteré que yo marcaba a una panadería del centro.
jueves, 19 de junio de 2008
Conversación entre una madre y un hijo a las 4:17 de la mañana en la cocina (obra en un acto)
ESCENARIO
Cocina cualquiera. Millones de canastitas colgadas en la pared. Una gata durmiendo en el mantel.
Se abre el telón
Se encienden las luces. El HIJO estará de pie junto al refrigerador. Sólo lleva boxers y pantuflas del cookie monster. Aparecerá tomandi cocacolalight directamente-de-la-botella. Hace su entrada la MADRE.
MADRE
-¿Qué haces despierto?-
HIJO
-Me dio un ataque de sed y vine a violar tu cocacola. ¿Y tú? ¿Te desperté?-
MADRE
-No, a mi me dio un ataque de mi....- [aquí la MADRE hace como que dice algo, pero no se le entiende nada. Lo que los captions de los dvds llaman "unrecognizable mumbling"]
HIJO
-¿Qué? ¿De migraña?
MADRE
-No, de miar-
Se apagan las luces.
Se cierra el telón
Cocina cualquiera. Millones de canastitas colgadas en la pared. Una gata durmiendo en el mantel.
Se abre el telón
Se encienden las luces. El HIJO estará de pie junto al refrigerador. Sólo lleva boxers y pantuflas del cookie monster. Aparecerá tomandi cocacolalight directamente-de-la-botella. Hace su entrada la MADRE.
MADRE
-¿Qué haces despierto?-
HIJO
-Me dio un ataque de sed y vine a violar tu cocacola. ¿Y tú? ¿Te desperté?-
MADRE
-No, a mi me dio un ataque de mi....- [aquí la MADRE hace como que dice algo, pero no se le entiende nada. Lo que los captions de los dvds llaman "unrecognizable mumbling"]
HIJO
-¿Qué? ¿De migraña?
MADRE
-No, de miar-
Se apagan las luces.
Se cierra el telón
jueves, 25 de octubre de 2007
Disneylandia.
Me separé de la mano de mi madre para ver, fascinado, a los Dumbos mecánicos que daban vueltas en el aire. Era mi primera vez en Disneylandia, y cuando volteé, no encontré ningún rostro conocido. Mi madre y mis abuelos habían seguido caminando sin notar mi ausencia. Tendría apenas cinco años, y el miedo se me hacía tierra en la garganta. Me quedé quietecito, con lágrimas en los ojos, gritando "Mamá". Dos gringas, fofas ya, se acercaron a preguntarme quién sabe qué cosa. Sólo entendí "mommy", así que supongo que me preguntaban si la había perdido. Me sentí incómodo, estorbaban. Escuché que gritaban "Beto" y vi que mi madre venía hacía mí. Yo corrí hacia ella, -¿cómo no podía hacerlo?- y nos dimos un abrazo tremendo.
Entre las lágrimas me di cuenta de lo espectacular del abrazo. Tan hollywoodesco fue, que le dije "a ver, otra vez" y me separé de ella, y volví a correr a sus brazos.
Qué ridículo era.
Entre las lágrimas me di cuenta de lo espectacular del abrazo. Tan hollywoodesco fue, que le dije "a ver, otra vez" y me separé de ella, y volví a correr a sus brazos.
Qué ridículo era.
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