viernes, 19 de noviembre de 2010
Yesca.
Tú despertando antes que tu mujer, bañándote en silencio. Tú poniéndote el traje, la corbata amarilla, desayunando en la cocina, tomando jugo de naranja, leyendo el periódico, ignorando a los niños.
Tú y la noticia en la radio del decimonoveno auto “ejecutado” en un mes. Tú y la sala de juntas. Tú y papeles, y números, y gritos, y victorias pírricas. Tú en tu computadora, tú en el baño, tú comiendo con un cliente, tú y tus números y tu teléfono.
Tú aprovechando que eres jefe y que sales temprano. Tú quizá robando el auto de tus empleados. Tú quizá robando coches de desconocidos. Tú a veces saltando a último momento. Tú a veces saliendo con más calma. Estrellándolos. Estrellándolos. Tú y tu carro esperando a un lado. Tú y el beso a tu mujer siempre que llegas a casa. Tú viviendo así. Tú algunas noches no, otras noches sí. Tú y tu mujer que no sospecha, tus hijos que no sospechan, tus empleados, tus clientes, tus socios que no sospechan. A veces sí, a veces no. Tú y tu poder. Tú viviendo así.
Tú viviendo así durante meses, con tu estuchito, tus herramientas en la guantera. Tú viviendo así, dejando tarjetas con nombres falsos en los retrovisores. Tú viviendo así, con tus trajes perfectos y tu carro esperando entre el olor a caucho quemado. Tú viviendo así. Tú viviendo así. Tú viviendo así hasta el día en que sales del trabajo y no encuentras tu carro.
Tú corriendo por la calle, tú tomando un taxi, tú dando instrucciones, tú llegando al barranco. Tú en el borde, tu carro en el fondo. Tú bajando, tu carro en el fondo. Tú a diez metros, tu carro en el fondo. Tú a ocho metros, tu carro en el fondo. Tú a tres metros, tu carro en el fondo. Tú en el fondo.
En el retrovisor tu tarjeta.
jueves, 22 de octubre de 2009
Marlboro rojos.
-Nope.
-¿Pour cué tantous cigarrilios, Humbértou?- me pregunta mientras cierra mi maleta sin haber guardado las cajas.
-‘Cause I smoke a lot- le respondo.
-How old are you, Humbértou?
-Just turned 19 last month.
-And why are you bringing so many cigarettes, Humbértou?
- Because I smoke a lot, I’ve already told you- le respondo. El gringo acomoda las cajas paralelas las unas a las otras. Me observa. Las observa. Me observa. Las observa. Vuelve a la computadora.
-How much time are you planning to stay in the country, Humbértou?
-Just a couple of weeks.
-And you really need thirty packs of cigarettes, Humbértou?
-Well… I smoke ‘round two packs a day, so yeah.
-Geez, two packs a day… that’s a lot for a young guy like you, isn’t it?
-You could say, yeah.
-Aren’t you worried about your health?
-Not really.
-Smoking causes cancer, you know?
-I know.
-And why do you keep smoking, Humbértou?
-‘Cause I already have cancer, sir.
-I’m sorry.
-You don’t have to be. You didn’t knew.
-I think that’s about it- me dice mientras vuelve a meter las cajas de Marlboro en la maleta- Good luck, Humbértou.
-Thanks.
Parecen horas lo que nos toma en llegar a la casa con tanta pregunta que me van haciendo. La mayoría son preguntas para saber el estado de salud de parientes de los que yo nunca oí hablar (¿Apoco tengo un tío Amadio?). Para enfado de mi tía le confieso que soy un pésimo informante porque soy pésimo chismoso, y qué le vamos a hacer. A veces mi prima me toma la mano y me pregunta cosas del país. Tiene acento de pocha, pero a mí de cualquier forma se me para cuando me toca. En esas estaba cuando mi tío anunció “Ya llegamos” y yo tuve que hacerme el idiota unos minutos para que se me calmara el asunto y poder bajar tranquilo del carro. La casa no es una linda casa, pero por lo menos es una casa.
Saludo a un par de primos que no sabía que existían mientras mi tía me da instrucciones para llegar a mi cuarto y dejar la maleta. El cuarto en sí no es un gran cuarto, pero no es un mal cuarto. Aprovechando que me dieron tiempo para poder acomodarme me pongo a vaciar la maleta sobre la cama (que no es una gran cama, pero qué le vamos a hacer). Calcetines, calzones y playeras a los cajones. Los libros los voy apilando en el buró. Las cajas de cigarros me las acomodo bajo la axila y salgo al pasillo para buscar el baño.
Por suerte el baño es un gran baño, y hasta da gusto cagarlo. Cuando salgo me encuentro a mi prima y le sugiero que no entre. Me sonríe. Ay, qué cosa.
Del baño bajo a la sala y me encuentro a mi tía acomodando papeles en un escritorio.
-¿Todo bien, m’hijito?
-Sí, tía.
-¿Ya viste dónde está la cocina, el baño?
-Sí, tía; ya vi.
-Muy bien, muchachito.
-Aquí le dejo sus cigarritos, tía.- y me enciendo un Raleigh.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
De charcos
Salí con una chica, la hermana de un muy buen amigo.
Fuimos a un bar en ningún lado.
Después huimos al centro, a un lugar donde se baila salsa.
Yo bailé con ella, y lo hicimos divertidamente mal.
Su amigo Edmundo bailó con una fichera.
Resulta que cobran cinco pesos por bailar.
Luego yo salí a fumar y me encontré el charco más bello del universo.
Opaco, denso, aceitoso, quieto.
Como canica plana.
O pupila tibia de ciego.
Y dejé caer mi cigarro esperando que surgieran miles de ondas.
Y el cigarrillo cayó como sobre un bote con crema.
Luego volví por Judith y la llevé al charco.
Y no lo encontró especial y volvió al bar.
Y yo fumé mucho muy seguido.
Le dejé caer una, dos, tres colillas.
Volví a ella. Cambiamos de bar.
Entramos a un edificio abandonado con unas escaleras alucinantes.
Había un concierto de metal.
Yo la besé y ella me contó de su novio.
(De un tiempo para acá eso me sucede demasiado)
Y la besé otra vez y creo que le simpatizo.
Lo creo porque me dijo que era guapo, pero no me lo creo -nunca lo creo- y bah.
Y luego fuimos a su casa y bailamos Michael Jackson.
Y nos dormimos en la sala:
Edmundo en la alfombra
Judith en el sillón
Y yo mordiéndole progresivamente los tobillos
las pantorillas
los muslos
las nalgas
la cadera
la cintura
olfateando su vientre
repasando su vientre
durmiendo en su vientre
despertando en un vergonzoso charco de saliva en su vientre.
Todos son ciclos, pues.
sábado, 18 de julio de 2009
Euforia.
Tus tíos te alucinan porque siempre dejas un desastre, por eso casi nunca ves a tus primos. Pero hoy fuiste, y jugaron futbol, y volviste a ser el portero. Siempre eres el portero. Siempre desde que estabas solo frente a la portería y te orinaste de emoción. Fuiste el portero y atajaste dos, o tres, o cuatro con la cara. Y sólo a ti se te ocurre jugar con lentes.
Compartiste tu par de patines con tu primo Lalo: Un patín para cada uno. Pero tú sólo sabías dar vueltas sobre tu propio eje, y lo gozabas. Luego corriste a esconderte, junto a tus primos más pequeños, a la casa de tus tíos. Chocaste con un carro estacionado, pero no te importó; te estrellaste con la puerta porque no la abriste a tiempo, pero no te importó; te golpeaste contra un muro bajo mientras bajabas a la cava, pero no te importó. Compartías tu sonrisa con tus primitos, tus adorados primos.
Y no conocías la cava, y estaba muy oscuro, y no traías tus lentes, y uno de tus pies tenía un patín puesto. Pero tu viste, tú juras que viste que hacia el frente había un escalón pequeño, y mientras más adentro, más escondido; no me digas que no es cierto. Y diste el paso.
Mientras caías gritaste (o te dijeron que gritaste) "¡No hay piso, no hay piso!"
Luego el piso de cemento batido. Ylos gritos de tus primos. Y tú tirado revisando que siguieras vivo. Y el dolor tremendo en el muslo, en el codo, en la barbilla. Y llorando.
Encendieron la luz y te viste al final de una escalera completa; una escalera negra que no iba hacia el frente, como tú creías, sino hacia la izquierda, como no sabías. Y bajaron tus primos, los grandes, a cargarte y a subirte, y te tomas el tiempo, aún entre sollozos, para preguntarte cómo es que un cuarto puede ser tan blanco.
Te pusieron pomada, te limpiaron la sangre y te dijeron que no le dijeras nada a tus tíos. Al paso de una hora ya te habías olvidado: jugabas cartas.
Años después te atreviste a volver a bajar a la cava. Te acompañó tu primo Lalo, y se aseguró de encender la luz primero. Descubriste que las escaleras no eran negras, sino grises, y que las paredes blanquísimas ya eran azules. Preguntaste, casi distraído, si habían pintado recientemente. Lalo te volteó a verte y te dijo con voz queda "Siempre han sido azules".
domingo, 7 de junio de 2009
Corazón roto.
Él te quería, tú lo sabes. Él te llevaba al parque, tomaba tu mano, (y tú que creías que ese tipo de cursilerías ya no se hacían) y te hablaba por horas. Él te quería. Él conoció a tu padre, te acompañó a la tumba de tu madre, armó un negocio con tu tío Robe, saludó a tus tías, abrazó a tus hermanos, lloró contigo cuando te sentías desolada, te llevó por primera vez a ver el mar, te inventó cuentos cuando subían a la azotea, te esperó cinco horas bajo la lluvia, te garabateó un mensaje de amor con un plumón negro en la puerta de la cochera, te pidió permiso para coquetearte, pintó la puerta de tu cochera, te presentó a su madre, te presentó su gata, te hizo amiga de sus amigos, te escuchó llorar por teléfono, te lloró por teléfono, te regaló claveles y hojas de sauce, te compró discos, te hizo un paquete con sus libros favoritos, te regaló un conejo, te dijo que ya no quería andar contigo. Te regaló un conejo.
[Un San Bernardo, un conejo y una mujer con el corazón roto fueron las tres ideas que me dio Lucía para hacer esta onda. No tuve el corazón para matar al San Bernardo]
domingo, 29 de marzo de 2009
Cartél incoherente para antes de morir
Me sentí viejo de repente. Náufrago tal vez. Comencé a notar el paso rápido de todos aquellos que, como yo, cerraban sus actividades (además de sus locales) a las ocho en punto. Yo antes no tenía ese paso rápido. Yo no cerraba la puerta a las siete cincuenta y cinco para esperar, sin ser molestado, a que la agujita llegase a las ocho y cerrar al filo para no sentirme culpable. Yo no andaba con miedo por la calle. Yo no caminaba en grupos para sentirme más protegido. Me sentí sencillamente arcaico. Solo. Vacío. Resignado a vivir en otra época.
De pronto me comencé a asfixiar, no sé bien si de recuerdos o de realidad. Las luces tan luminosas me comenzaron a cegar, los anuncios a ofender, mis pies se confundían con las baldosas, mi respiración se aceleraba, las voces me jalaban; comencé a marearme y corrí como loco hasta la calle donde mi paciente carro me aguardaba. No sé en que punto de mi carrera di un ligero tropezón que me obligó a sostenerme de un poste. Mis gafas cayeron al piso. Soy miope, pero no tanto como para no notar que estaban integras. Las levanté mientras recuperaba un poco mi pulso, mi sangre fría. Entre resoplidos las limpié con la manga del suéter. El armazón volvió a estar en mi nariz y los cristalitos a tres centímetros de mis pupilas. La claridad inundó la calle. Pero había algo raro. Mientras que en las otras calles las luces me flagelaban, esta calle estaba casi totalmente a oscuras. La luz de algún departamento y el residuo de las luces de las demás calles rescataban un poco la luminosidad.
Me sorprendió la oscuridad, pero seguí trazando mis pasos hacia el auto. Lanzaba hacia atrás miradas de reojo. Por primera vez en cincuenta y tres años, tuve miedo en mi ciudad. Miedo de mi ciudad. Con la prisa a cuestas, y mi obsesiva vigilancia por detrás me impidió darme cuenta de algo. Un cartel. Un vil cartel en el ventanal de una antigua mercería. La atemporalidad me sigue. En esta mercería, hace 20 años, yo conocí a Andrea. Ahora si, me sentí completamente impotente. Golpeé con fuerza el marco de la ventana una y otra vez. Las lágrimas brotaban solas, Entre golpe y golpe me tallaba los ojos con el índice. Quedé rendido de repente. Busqué a tientas mi pañuelo para limpiarme. Contemplé el cartel. Tenía varias preguntas. Mientras me limpiaba las narices leí la primera pregunta: ¿Se está usted sonando?. Me detuve en ese instante. La siguiente pregunta cantaba: ¿Se está preguntando como lo supe?. Di unos pasos hacia atrás. Me recargué en un bote de basura que estaba frente a la mercería. Me fui deslizando con mi espalda hasta quedar sentado en el suelo. Me quité los lentes. Tallaba insistentemente mis ojos con las palmas. Volteaba a ver el cartel y negaba con fuerza que existiese. Me quedé así un par de minutos. Me volví a poner los lentes y leí la tercer pregunta: ¿Su ojo izquierdo está ahora en su palma derecha?. Parpadeé en ese instante y súbitamente no pude abrir el ojo izquierdo. Y fue cierto, mi ojo derecho vislumbró al izquierdo descansar en mi palma derecha. Me horroricé, cerré mi ojo con fuerza y al abrirlos ambos estaba en su lugar. Hasta el momento no puedo explicar cierta morbosa curiosidad por ver que más decía. ¿Su pierna izquierda ya no está ahí? Así es, ya no estaba en su lugar. ¿Todos sus lunares están ahora en su ombligo? Efectivamente; y no solo eso, llenaron mi ombligo de tal forma que se desbordaba de lunares. Me van a perdonar, pero les aseguro que me estaba divirtiendo como loco. Los colores se mezclaban, -¿La luna le acaba de voltear la cara muy ofendida?- Y sí, se negaba a voltear a verme. No sé por qué pero empecé a delirar. Llevaba mas de veinte preguntas y no iba todavía por la mitad -¿Tiene pelos en la lengua?-. Las preguntas eran cada vez más raras. Me sentí hipnotizado, mis ojos no dejaban de navegar sobre la cartulina. -¿Está llorando lágrimas de un merlot francés del 68?, ¿Ahora son de un cabernet sauvignon chileno del 71?- Me revolcaba ebrio de risa ante cada cuestionante. Los efectos desquiciados de las preguntas se convertían en ofuscaciones de realidad; y así de pronto, el mundo era vertical y yo me daba en la cara contra el vidrio, mi sombra reía conmigo, fui sordo de repente, eyaculaba aceite, mis ojos los limpiaba mi lengua, mi corazón se salía por mi nariz y volvía a tragármelo.
De súbito llegué a la pregunta final: ¿Está muerto?
[Nota del que escribe: Este fue el primero de los cuentos que escribí. Tendría como quince años, y me acuerdo que se lo hice a mi jefe, don Alex, de la librería "El Día". En fin, es viejo, pero es nuevo]
jueves, 19 de marzo de 2009
En el pasto.
Llevo tres horas tirado en el pasto, y me duele la espalda del frío. “La tierra es fría” decía mi abuelo “pero ahí es donde tenemos que acabar para ahogar los calores de la vida”. Mi madre se fue cuando yo tenía tres años, y decidió dejarme con papá, quien pasó a dejarme con mi abuelo. Papá casi nunca dormía en casa, y a decir verdad nunca supe dónde pasaba la noche. Algunos días libres pasaba a la casa y me llevaba al parque. O, más bien, lo llevaba yo a él y le mostraba mis lugares favoritos. Pero papá se cansaba rápido, y, cuando terminaba por aburrirse, me regresaba a la peluquería de mi abuelo. Papá leía el periódico, me acuerdo, y veía pasar a las muchachas sentado en una banca del parque. Si le preguntaba a dónde se había ido mi mamá, me decía “lejos” y volteaba a ver a otra parte. “Vive en un observatorio y estudia las estrellas” me dijo una noche mi abuelo “Se pasa todas las noches viéndolas. Lo mismo hizo tu abuela, ¿sabes? Las mujeres en esta familia se mueven como la corriente alterna.”
Llevo tres horas tirado en el pasto; y recuerdo aquella vez en que me caí por la cisterna del parque. Había brincado desde una rama buscando no caer en las raíces, pero la lámina de metal en vez de hacer plank, como siempre, tronó y dejó que me tragaran dos metros de tierra y agua. Cuando me sacaron los bomberos, mi abuelo, llorando, me abofeteó y me estrujó diciéndome “Rodolfito, Rodolfito” como nunca me decía.
Llevo tres horas tirado en el pasto; y de chico barría el cabello del piso mientras mi abuelo me daba cátedra de cómo se le debía cortar el pelo a un caballero. Desde los nueve años me enseñó a usar las tijeras, y me dejaba practicar con cuantas cabezas de maniquí me encontraba en el ático; y ya cuando pasé de los diez, hubo quien se animó a permitirme meterle tijera. “Ya manejas un oficio; y siempre que necesites un pan puedes darle uso” pero que siguiera estudiando, solía decirme, “Porque ni ladrones, ni boxeadores, ni policías quiero en mi familia… ¡ni peluqueros! ¿Quieres terminar como yo?”. Y yo sí quería.
Llevo tres horas tirado en el pasto; y cuando le empezó la tos, decía que era por los sucios que le dejaban flotando la caspa en la barbería. Pero fumaba mucho; sobre todo cuando nos tirábamos en las butacas de cuero rojo para ver el fútbol con el cliente de turno. Había quienes programaban sus cortes para que coincidieran con el partido de su equipo favorito. No había como verlo gritar tijeras en mano. Pero la tos le llegaba pronto. “Seca... y de perro sarnoso” como él la llamaba. Había días en que se tiraba al suelo y arqueaba la espalda dando puñetazos al suelo por el dolor. Luego quedaba rojo y rendido, cubierto de sudor y de saliva.
Y ahora me dicen que me tengo que ir, que ya están cerrando el panteón.
Yo ya llevo tres horas tirado en el pasto de mi abuelo.
viernes, 13 de marzo de 2009
El edificio en Lavapiés (primera parte)
-Toma asiento- te dice el viejo con un acento español al que todavía no te has acostumbrado. En realidad, sólo ha pasado hora y media desde que el avión de Iberia te dejó a tu suerte en Madrid y el acento gachupín todavía no se te ha afianzado. De hecho, cuando el taxista te preguntó que si querías que pasara a cogerte después, estuviste a punto de soltarle una cachetada.
"Mirella Antonelli, Mirella Antonelli" se dice a sí mismo don Agustín mientras va a la cocina por tazas y la jarra de café. No sabes por qué repite tanto tu nombre.
-Eres la italiana, entonces- Te dice mientras te pasa tu taza.
-En realidad soy de Puebla.
-Pero Alonso siempre se ha referido a ti como "la italiana"
-Bueno, mi padre era el italiano, pero mi mamá también es poblana.
-De cualquier forma, para Alonso siempre has sido la italiana; por lo tanto también lo eres para mí.
-La italiana seré, entonces.- y ríes.
-Cuando mi esposa Inés todavía estaba con nosotros, no dejaba de pedirle a Alonso que le contara más cosas de "la italiana".
-Entonces hablaba mucho de mí, supongo.
-Más que de ninguna otra persona.- te responde.
Tú te quedas callada, sorbiendo de a poco tú café. Luego, le echas una ojeada discreta al reloj.
Don Agustín capta tu gesto -¿Te estoy aburriendo?- pregunta -Mira que Alonso no llegará hasta dentro de tres o cuatro horas-
-No, no me aburre; es sólo que todavía no me acostumbro a la hora.
-Sí, ha de ser eso.- Te responde y se queda mirándote desde su sillón verde.
Veinte minutos antes había abierto su puerta (verde, también) para ver quién hacía tanto escándalo en la puerta de Alonso. Y es que, con maletas y mochilas en las manos, sólo atinabas a darle a la puerta con el pie. "¿Por qué tanto escándalo?" te había dicho. Y tú le dijiste "Disculpe". "¿Lo buscas a Alonso?", te dijo. "¿Sí, sabe si está en su casa?", respondiste. "No llega hasta las seis... mi nombre es Agustín de Gívez, soy vecino de Alonso", "Mirella Antonelli, el gusto es mío". Luego él se repitió tu nombre, "Mirella Antonelli". Entonces se quedó callado mientras te veía desde el otro lado del pasillo. "Anda, pasa, que aquí lo esperas".
Ahora el viejo te sonríe.
-Y bueno, dime, ¿nada más has venido de sorpresa a ver si dabas con él?
-Pues... sí y no.
-¿Cómo es eso?
-Hace como ocho meses que Alonso me mandó un boleto abierto para Madrid en caso de que quisiera venir a visitarlo.
-¿Entonces sólo has venido por las vacaciones?
-No exactamente.
-¿Entonces?
-Acabo de renunciar a mi trabajo.
-Joder, ¿entonces nada más has renunciado para venirte?
-Más bien al revés; vine por haber renunciado, no renuncié por venirme.
-Entonces nada más te has escapado.
-Supongo que sí, joder.
-Mírate; no llevas ni tres horas aquí y ya estás imitando las expresiones españolas. Quedas mal, ¿sabes?
-Disculpe…
-No te lo tomes tan a pecho. Imagino que lo mismo ha de suceder allá en Méjico cuando algún español dice mejicanadas. ¿No también les suena a falso?
Y ríes otra vez; -Sí, un poco-
-Y otra cosa, no me hables de usted. Soy Agustín, y punto.
-Me parece bien, Agustín.
Ya en la segunda taza de café, preguntas: -Entonces, dígame ¿Alonso viene seguido?
-Algo, sí. Solía venir a comer y a platicar conmigo y con Inés. Bueno, propiamente a comer, no. Venía a hacernos de comer. Como mi Inés ya estaba muy enfermita, y yo no distingo una olla de un sartén, Alonso venía a hacernos uno de esos asados fabuloso que sabe hacer, y aprovechaba para comer en compañía. Y es que a mi Inés le tenía una paciencia impresionante. Se la envidiaba, incluso. No le molestaba repetirle sus historias sesenta veces, ni le molestaba saber que las tendría que repetir sesenta más. De ahí es que nos haya hablado tanto de ti.
Inés, que nunca se pudo aprender su nombre, me llamaba y me decía "Tino, dile al de la italiana que si esta noche viene a platicarme", y como me di cuenta que cuando Alonso le platicaba, mi Inesita se sentía mejor, empecé a invitarlo más seguido.
-Mira, qué lindo.
-Sí, pero con el maldito se me ha ido media reserva de vinos.- Te responde Agustín y te echas a reír; y, cuando ríes, a Agustín le brillan los ojos de goce.
- Como mi Inesita tenía prohibido el vino, teníamos que esperar a que se fuera a dormir; porque ella siempre fue de antojos, y si veía la botella y no le servíamos su copita hacía, un berrinche tremendo. Entonces, cuando Inés se decidía a dormir temprano, yo descorchaba una botella de vino para Alonso y para mí. Hasta eso, el chaval rara vez se ponía ansioso por que empinásemos el codo; pero ya frente a la botellita, le mete unas ganas que ni los ingleses.- Te dice Agustín, y tú otra vez ríes.
-Sí, Alonso suele hacer eso.- dices en lo que recuperas el aire.
sábado, 28 de febrero de 2009
Tchk.
Yo pensaba que él se había empezado a masturbar porque agitaba demasiado la mano. Pero no se masturbaba, nomás le daba vueltas al barril del revólver. Las fue contando “una, dos, tres, cuatro, cinco” al tiempo que acomodaba, frente a mí, y en la mesa, las balas que iban a quedar afuera. Puso el cañón en su sien y jaló el gatillo. Tchk. Se lo pasó a la muchacha con la mayor naturalidad del mundo. Ella dudó un momento, pero la pistola hizo Tchk. Luego llegó a mí. Me sorprendí por la calma que tenía. Lo juro, mientras el cañón pasaba por entre mis dientes y hasta mi lengua (no sé por qué preferí la boca) yo no dejaba de pensar “¿por qué carajos no te tiembla la mano?” Y ni siquiera lo pensé dos veces; nomás pulsé el gatillo.
Tchk, y las enormes ganas de vomitar.
Lo aventé como si le hubieran pasado corriente, y al aventarlo la culata del revólver pegó en la orilla de la mesa, dio una pirueta y cayó a medio metro de donde estábamos. Yo nomás lo veía e hiperventilaba; mientras los otros tan callados, tan tranquilos. Con la sangre más fría del mundo el tipo se levantó, dio dos pasos, se agachó, tomó la pistola, regresó y me la puso en la mano. “Ahora va de reversa”. Y mi voz en un hilo, No, no mames, no…; y él, No sea marica; No, vas tú, ¡vas tú!; Pinche bato maricón, wey. Y sí, habrá sido muy maricón, pero el cañón ya apuntaba a su sien, Fue girando lentamente su muñeca de tal forma que yo pudiese ver sus uñas gruesas, sus uñas chatas, sus uñas sucias, sus uñas toscas. Y luego Tchk.
A ella sí le temblaban las manos, y lo sudado de sus dedos gorditos dejaba que resbalara un poco la pistola. Aún así, ella la acomodó bajo su barbilla, recargó el índice en el gatillo y dejó el meñique levantado. Y ella lo veía a él, a su novio, con ojos nerviosos. Pero él se había puesto a hacer otro churro y no la miraba. Y en lo que me tripeaba viendo cómo sus dedos acomodaban la marihuana en el papel arroz, escuché el quinto Tchk.
Ésta vez sí temblaba, sudaba frío y sentía cómo se me dilataba el esfínter. Estoy a punto de cagarme, pensé mientras veía como ella y él no dejaban de verme la boca. Y bajé los ojos para ver, para enfrentarme al revólver que estaba en mis rodillas. Y lo tomé, y sentí su peso en mi mano, luego el sabor a metal en la boca, y luego amartillé. Y cerré los ojos.
Entonces, sonó el celular, y ella no hizo nada por responderlo. Dejé caer la pistola, me levanté, y trastabillé hasta la puerta. Ya estrujaba la manija en los dedos cuando escuché el "¡Hey!" y sentí lo frío del cañón en la nuca. Y luego el Tchk y la carcajada.
domingo, 1 de febrero de 2009
¿Te la paso?
Patricia llega tarde, y entre los saludos, las disculpas, y la orden del latte, no puede evitar el "¿Cómo has estado, cuñadito?" con el diminutivo incluido que sabe que tanto le revienta a Andrés.
He estado mejor, Patricia, ¿Cómo vas con eso... bueno, qué era lo qué hacías?, ¿Mi trabajo?, Sí, eso. ¿Cómo va?, No va mal, supongo, Mira, qué bien... Oiga, disculpe, ¿se puede fumar aquí? No, señora, nomás afuera, ¿Quieres ir afuera?, No realmente, Está bien, pues; entonces voy yo a afuera, Vamos a afuera, entonces, ¿No que no querías ir?, Todavía no quiero, mi silla ya está caliente y me da flojera. Pero vamos, Si no quieres, no vamos, Vamos.
¿Marlboros azules?, Sí, ¿Qué tienen?, No sé cómo puedes fumarlos, Me gustan y ya, ¿Te gustan, o te gusta cómo se ve la caja?, Me gusta el sabor, No saben a nada, Por eso.
Me sorprendió que llamaras, Qué molesto eso de no poder fumar adentro, ¿no?, Sí, bueno, es la ley, Pero digo, no hay gente ¿en qué les molesta?, Supongo que en la multa, Seguro que por eso la gente ya no viene a los cafés, No creo que sea por eso, ¿Me vas a salir tú también con eso de la economía? porque Gabriel no deja de hablar de eso, Supongo que algo tendrá que ver, pero todavía no creo que sea eso, ¿Entonces qué?, Supongo que la gente no tiene tiempo, o no se da tiempo en sus vidas para venir a repoblar los cafés, Clásico, ¿Qué? ¿Qué es clásico?, Pues, tú, el Andrés que se queja del mundo y de los malos vicios de la sociedad moderna, siempre tan...tan..., ¿Tan rojo?, Digamos rojillo, Ah, menos mal.
¿Por qué llamaste, Patricia?, Quería verte, tengo mucho sin verte. Caí en cuenta el otro día que, después de tantos años casada con Gabriel, nunca he sabido bien de ti, Hablando de eso, ¿cómo está Gabriel?, Está bien, ¿Nomás bien?, Nomás bien, Bien.
Y bueno, ¿qué es lo que quieres saber?, Pues, no sé, de ti, me intrigas nomás, Y aquí llega el latte para ella, ¿Para cuál ella?, Para tí, me refería a ti, ¿Y por qué lo dices como el narrador?, Nadie más lo hacía, pensé que era buen momento, Ay, Andresito..., Dice ella, a sabiendas de que a Andrés le cagan los diminutivos, Te lo habías ganado, ¿Te parece?, Me parece, ¿Y qué es lo que te intriga exactamente, Patricita? Pues, tú, todo tú; lo que haces, lo que piensas..., Los dos sabemos que a ti eso no te interesa; dime ya, ¿por qué llamaste?... Ah, no me digas, aquí es donde los dos se quedan callados e incómodos hasta que Patricia se decida a romper el hielo, ¿cierto?, Cierto.
Gabriel y yo nos estamos divorciando, No puedo decir que no me lo esperaba, Todavía no le hemos dicho a nadie en la familia... por favor, tú tampoco vayas a contar nada todavía, No lo haré, claro, ¿pero por qué me lo cuentas tú? ¿por qué no esperaste a que me enterara por Gabriel?, Y aquí es cuando ella se calla, Y cuando él espera, callado, a que ella responda, ¿no?
No hay modo simpático ni fácil de decirlo, pero lo diré de todas formas: quiero acostarme contigo, Aquí es donde el simpático caballero que comparte la velada se queda callado porque no atina a decir nada, Parece ser que sí, que ese es el momento ¿qué hacemos?, No sé, supongo que cambiamos de página, o brincamos al siguiente párrafo o algo así.
Eres la esposa de mi hermano, Ex-esposa (así, con bastardilla), ¿Ya se divorciaron?, No, Bueno, entonces eres la (bastardilla, por favor) todavía esposa de mi hermano, Lo sé, por eso no es fácil, Imagino que fácil no es, pero ¿por qué?, No sé, no tengo idea de dónde salió, sencillamente sucede que sucede, Sucede que te quieres acostar conmigo... así, sin razones, Así sucede, sí; ¿por qué? no lo sé, pero ya llanamente, viene a suceder que te traigo ganas, ¿Ganas? Pero, pero, ¿por qué yo? No sé, eres simpático, El mesero también es simpático, ¿por qué no te acuestas con él?, Eres... eres una versión mejorada de Gabriel, eso es lo que eres. Una versión más atractiva, más joven mucho más delgada... sé que es horrible, lo sé, pero es que hace demasiado tiempo que no me atrae, que no me excita Gabriel... y lo quiero, ¿sabes? le tengo... le tengo mucho cariño, y mucho aprecio, Algo muy lindo para con una tía, pero no tanto para un matrimonio..., Sí, eso, y, no sé, sencillamente no, no funciono yo con él... pero tú, tú, Andrés, contigo quiero; sencillamente quiero coger como nunca antes lo hice con Gabriel. Y aquí, otra vez, el simpático, aunque contrariado caballero, se vuelve a quedar callado, ¿Por qué contrariado?, Porque también trae ganas.
Andrés, vamos a un hotel, No, no es, en absoluto, buena idea, Vamos, anda, nomás será como un trámite, un canje, lo que quieras que sea, nomás quítame las ganas, ¿Sin sentimientos?, Sin sentimientos, ¿Y estás dispuesta a hacerle esto a Gabriel? ¿a ponerme a mí en esta situación?, Estoy dispuesta, Andrés, vamos, Bueno, vamos... nomás, una cosa, Dime, lo que quieras, Dame chance de hacer una llamada, ¿Dijo él mientras marcaba los números? Exacto, eso mismo... aguanta tantito... ¡Hey, hermanito! Fíjate que estoy aquí con Patricia -debieras verla, puso los ojos como platos- me está diciendo que quiere acostarse conmigo. ¿Te la paso?
jueves, 22 de enero de 2009
Los Estados Generales
Jean de la Vermelle llegó media hora tarde a la asamblea. Como representante de los notarios que era, se sobreentendía que su lugar pertenecía en un punto intermedio de la segunda fila, pero su asiento ya había sido ocupado por el representante de los sastres, Paul Vignale, quien, obviamente, había aprovechado su tardanza. La cámara, demasiado obscura a pesar de sus enormes ventanales, quedó en silencio mientras los miembros de la asamblea observaban como De la Vermelle buscaba, ansiosamente, un asiento vacío. Mientras tanto, Abélard Chifflet, el representante de los médicos, se decidió a continuar el discurso que había interrumpido durante la abrupta entrada del notario. Éste último, que ya había divisado un espacio vacío, se acomodó bien la peluca que tanto le había costado conseguir después de que, a último momento, descubrió que había perdido su favorita en algún momento del viaje. Por suerte, un amable pero lento vendedor se pelucas pudo conseguirle una para el inicio de las asambleas; por eso Jean De la Vermelle había llegado tarde a la cita y perdido su sito.
El joven notario tuvo que tolerar las miradas de reproche que le echaron los herreros, cerrajeros, panaderos, y demás representantes de los oficios menores mientras, para darle paso, apretaban las pantorrillas contra las sillas. Enventualmente, Jean de la Vermelle llegó por fin al extremo izquierdo de la última fila, donde el único asiento disponible quedaba entre Luc Raunald, el apestoso e indeseable representante de los curtidores, y Gaston Beamut, el todavía más despreciable líder de los verdugos.
Con la nariz fruncida, la mirada fija en el orador, y las palmas de las manos fijas en sus muslos, De la Vermelle se sentó entre los repoussantes, los más asquerosos de los burgueses. Jean de la Vermelle sabía que sería el leproso de la noche, que el doctor Chifflet, Jacques Dómine, el arquitecto y Guy de Pardaillan, el abogado, no se dignarían a hablar con quien había pasado la mañana entera entre quienes practicaban los oficios más desagradables. Para acabarla de acabar, Gaston Beamut decidió escupir una flema que fue a parar en la, recién lustrada, bota negra del funcionario. Si éste no dio un suspiro de desesperación, fue únicamente para ahorrarse el increíble tufo que desprendían los dos hombronazos que tenía a lado. De hecho, Jean de la Vermelle se las tenía que ingeniar para dosificar sus respiros al mínimo sin saber que, dentro de unos segundos, entraría por la misma puerta que él había abierto media hora tarde, la persona que lo rescataría y lo permitiría volver a respirar a bocanadas.
Sin hacer el mayor ruido, unas manos con guantes blancos abrieron la puerta de la sala, y esas mismas manos se aferraron a una cuerda invisible mientras su dueño tiraba y avanzaba con visible esfuerzo. Había llegado Claude Candau, el representante del oficio más odiado del país galo. Con gran enojo resonaron los gritos del doctor y del obrero, del albañil y el carnicero, del abogado, del dentista, del barbero, del ebanista, del mercader y el cerrajero. Y se armaron el barullo y la de Dios es Cristo, y volaron papeles, fil de putain's y maldiciones. Y antes de que alguien pudiera decir "esta boca es mía", los asambleístas salieron corriendo de la sala, dejando a Claude Candau buscando la forma de salir de una caja invisible.
Y ya, lejos de Candau, del curtidor y del verdugo, Jean de la Vermelle tomaba un vaso de vino mientras exclamaba, junto con Dómine y Pardaillan, "Putos mimos".
domingo, 21 de diciembre de 2008
Humberto Peña
Y ya estaba Humberto Peña comenzando a escribir de aquella ocasión en que Humberto Peña soñaba que era entrevistado por Charlie Rose -donde, por cierto, hablaba con un excelente acento británico- cuando, de repente, cayó en cuenta de lo ridículo que se sentía hablando de sí mismo en tercera persona. No podía ser así. Humberto Peña se tomaba demasiado en serio como para escribir de sí mismo en tercera persona, como para mostrarse sin los velos de la ficción, o como para exponerse a su desnutrida audiencia de lectores fijos como el ser inseguro, acomplejado, sensible y, sobre todo, real que era. Porque, hay que aclarar que Humberto Peña todavía guardaba la ilusión de que algunos de sus asiduos lectores creyera sinceramente que Humberto Peña era un ser inexistente, una fantasía si se quiere, una especie de duende del internet que de cuando en cuando publicaba cuentos, subía vídeos y despotricaba contra el mundo desde la comodidad de su blog. Pero no, Humberto Peña existía. Orinaba, fumaba, comía, tenía traumas de la infancia, tomaba con sus amigos, rompía cosas, se mojaba en la lluvia; cosas así que lo hacían sentir vivo. Pero una de las constantes de su vida (psicológicas, me refiero; por que el latido de su corazón, la actividad de la respiración y el continuo trajinar estomacal responden más a la rutina biológica que a la noción de estar vivo) había sido siempre el miedo al ridículo. El no hacer gestos demasiado bruscos, demasiado obvios, el no sonreir demasiado, el no hablar nunca mucho, ni muy fuerte, ni muy comprensible, ni gritar nunca, ni demostrar cuando tiene frío, o miedo, o ganas de ser abrazado, el no escribir nunca algo que no fuera lo suficiente serio, clásico, modulado, el negarse a arriesgar demasiado; todo por miedo al ridículo. Y después de darse un tiempo para pensarlo, la tarde del 22 de Diciembre, Humberto Peña decidió no escribir sobre Humberto Peña.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Con prisas
Y empiezan a cerrar el bar, y todas sus amigas, las de ella, se quedan viendo, y el borracho del karaoke, y la copa de brandy barato, y luego él que va diciendo No traje carro, y después Entonces quédate conmigo, En serio, Si no quieres no tienes por qué hacerlo, Si quiero, pero apenas me conoces, No querrás decir Apenas te conozco, No, no quiero decir eso, Entonces, Entonces sí, me voy contigo. Luego el carro, el silencio cómplice mientras pasan a dejar a la amiga borracha, algún beso entre semáforos, evitar decirlo todo en una mirada, que la puerta de casa de ella se abra en un beso, que la mano de él suba su falda, que la sonrisa cuando le muerde los labios, que No te convengo, querida, que ella quede sobre la mesa, que él le muerda el hombro, que Soy un desastre, en serio, soy flojo, soy terco, soy necio; que las manos de él la aprieten, que las piernas de ella lo abracen, que él siga con Soy aburrido, lo juro, me desespero mucho, no me gustan los niños, los perros, las suegras; que ella se quite la blusa, que le muerda las orejas mientras él Soy depresivo, melancólico, infiel, introvertido, de mal genio, resentido, soy irónico, sarcástico, y que ella lo bese y se baje las bragas, y que le baje con los pies los pantalones, que las manos de él se aferren a la espalda, a los muslos de ella, que Soy paranoico, soy inconstante, soy irresponsable, me aterra el compromiso; que ella se lo agarre, que le busque la boca, que con los dientes abra el paquetito con el condón, que él le pase la mano por la nuca, que le apriete los botones, las notas exactas, que Demasiado impredecible, que tengo insomnio y doy patadas, que, como te darás cuenta, soy un egocéntrico de primera; que el condón se desenrolle, que En serio no te convengo, ¿segura que quieres meterte en esto? o, permíteme ser vulgar: ¿segura que quieres que te meta esto? y que ella grite.
viernes, 17 de octubre de 2008
Sostenida discusión con el diapasón
Así que una noche, por fin, no aguante más y me levanté de la cama dejando a mi mujercita sola por ir a tomar el violín y a encerrarme en el estudio. Y me puse a tocar, o a intentar tocar lo que traía en la cabeza. Y era bueno, créeme, pero no era excelente. Y a la vez era malo porque no era lo que traía en la cabeza, porque lo que traía en la cabeza era diez, quince, veinte, treinta veces mejor. Y sin embargo no salía, no conseguía arrancarle al violín la perfección que me sacaba la lengua en mi cabeza. E intentaba anotarlo, pero no podía ¿sabes? Estoy convencido que a ti, que a los escritores les pasa lo mismo; que a ustedes también la obra se les va formando a la cabeza, tan perfecta y tan de prisa que no puedes escribirla, ni tocarla, ni expresarla por más rápido que talles, digites o mecanografíes. Y te aseguro, carajo, que era mi obra cumbre. Era de una genialidad indiscutible, pero no se reflejaba en las cuerdas, ni en las notas del pentagrama. Porque lo que no sabes, es que me agarré un pentagrama y empecé, según yo, a anotarlo. Y si anotaba, por decir mi-do-la y la ligadura terminaba el acorde ese y ponía otra ligadura que me llevaba a sol y continuaba con arco arriba en acorde si y sol y del sol ligadura a fa natural y... bueno, yo sé que de esto no entiendes; pero después de anotarlo me daba cuenta que no, que no carajo, que no era la cosa bella que se me movía en la cabeza, que resonaba en mi cabeza.
Y dejaba de escribir y volvía a darle al violín, ya sabes, trán-trán-trún-trán, con todas las ganas, con toda la fuerza del arco, sin darme cuenta, claro, que todos en la casa estaban dormidos. Y de repente empezó a estar bien. Empezó el rapport entre mis dedos y la melodía de mi cabeza... hasta que entró mi mujer a preguntar qué hacía tocando a esas horas. Pero carajo ¡por fin iba llegando! ¡por fin me iba acercando! Por fin, por fin lo que iba tocando empezaba a cobrar sentido, empezaba a emparejarse con lo que traía en la cabeza. Y ella llega y me interrumpe, y me saca del tiempo. Y yo, no sé si sin quererlo o sin pensarlo, le aventé el bote de resina.
Aquí, mira, aquí en medio de la frente le fui a dar. Y ella sólo cayó al piso y yo cerré la puerta. Y seguí tocando, ¿sabes? No lo pensé ni un segundo, seguí tocando toda la noche sin volver a acercarme a eso, a la obra maestra que desfilaba entre mi cabeza.
Eventualmente amaneció, y yo rompí en mil partes esos esbozos, esas mierdas de partituras. Y el violín, bueno, el violín fue a hacerse pedazos contra la banqueta frente a mi ventana. Me serené tantito y salí del cuarto para dar con que mi mujer seguía ahí tirada. Sin pulso. Muerta.
Por eso estoy aquí, por eso tengo un número que todavía no me he aprendido. Así que dime, escribano ¿Mi historia se merece un cuento, o una novela?
Los viudos de Mario Benedetti
Sale Serrat: flashes, abrazos, doñas dándole besos, la plumita y el disco, la plumita y el póster, la plumita y el libro.
Es amable, pero está cansado y se nota que no quiere estar ahí. En tres minutos deja de firmar cosas y de posar con gente. Avanza, y avanza a donde yo estoy.
Me le lanzo, y me aferro a él. Lo abrazo casi de golpe sacándole un poco el aire con mi cabeza hundida en su pecho. Y de la nada, sin poder contenerlo, empiezo a llorar en su solapa.
"Se murió Mario" le decía. "Se murió Mario" una y otra vez.
Y Serrat me toma de los hombros y me dice "¿Cuál Mario, tío? ¿De qué Mario me estás hablando?" y le digo yo "De Benedetti, carajo, se murió Benedetti"
Y Serrat se pone como si le hubiera dado un tiro. Se lleva la mano al pecho volteando a todos lados. Buscando con la otra mano un lugar dónde apoyarse, da con el roble, se recarga en él, y se deja caer al piso. Llorando sin sollozos.
En cambio, yo ya tengo hipo, y sendos lagrimones me dejan la bufanda como sopa.
Serrat y yo lloramos juntos, rodeados por las quince personas que en silencio nos veían -a mí de pie, a él sentado- lagrimear. do.
Eventualmente dejo, dejamos de llorar. Sólo entonces me quito los lentes empañados, y me tallo los ojos con los puños cerrados. Serrat también se talla, pero él con las palmas abiertas.
Cuando a la mañana siguiente le digo a mamá que tuve un sueño raro, y ella pregunta "¿Qué soñaste?" yo le contesto que soñé un cuento de Benedetti.
lunes, 3 de marzo de 2008
Historia de uno
antes de dormir uno deja sus luces encendidas y empieza a recorrer su cuarto sin buscar nada. sólo pensando. pensando naderías, arreglando al mundo en su cabeza, imaginándose en la calle, retrazando las cuadras de la ciudad, creando órdenes militares, acortando distancias con sus allegados. luego uno se tumba a leer y a esperar que caiga el sueño, un poco deprimido por no haber hecho lo que quería hacer ese día, otro tanto deprimido por lo malo que va a suceder mañana pero que no se puede evitar y que es mucho más sencillo aguantar…
acaso uno termina el libro, da una vuelta en la cama, se levanta, y vuelve a deambular por su cuarto. por costumbre, el terminar un libro lo impacta y pierde el sueño. va por agua. mientras se va llenando el vaso le entran unas ganas urgentes de orinar, detiene la herida del garrafón y va corriendo al baño. sale del baño y entra al cuarto, olvida el vaso a medio llenar en la cocina. vuelve al cuarto, pasa quince minutos buscando un disco para poner la canción que traía en mente; finalmente lo encuentra y lo pone, al medio minuto lo quita. no esta de humor para eso. luego uno vuelve a la cama y apaga la lámpara. se quita el reloj, tienta bajo la cama buscando los lentes para ponerlos en el buró; mismos lentes que uno terminará tirando debajo de la cama durante su sueño. se acurruca, el sueño se va acercando… lo detiene mientras acomoda las persianas. a veces el insomnio se detiene demasiado tiempo en uno. por fin parece que va a llegar.
pero el sueño no llega, y llegan una serie de ideas que lo atormentan: que si colgó la toalla en la mañana, que la repisa sobre la cabeza de la cama ya se va a caer, que cuándo le va a bajar a la novia, que porqué el cuac de los patos no produce eco, y así, tantas ideas que le agobian a uno el sueño. se para entre el cuac de los patos para poner tape negro sobre el relojito luminoso de la video-casetera. vuelve a la cama, todo está en calma. por fin, uno comienza a dormirse dejando al lado el cuac y los vasos a medio llenar. el sueño va cayendo y cayendo hasta que se desploma sobre uno.
y ya verá que hace uno si en la noche lo despiertas.
miércoles, 2 de enero de 2008
La mano
Despierto por quinta vez del mismo sueño, con la mano en el pecho y el “no puede ser, no puede ser” en los labios, y las vueltas en la cama, y las manos se hacen puños, y este peso en la espalda, y los pies. Los pies buscando dónde la sábana está más fría, y los ojos cerrados bajo la almohada y el trago amargo de saliva. Luego, la cabeza entre los brazos y los brazos bajo la colcha, la colcha que no calienta, y este frío, y esta mano no es mía, y las patadas a las sábanas, y el pie atorado en la cobija, y yo en el suelo, y la mano, otra vez esa mano. Yo me arrastro por la alfombra, y mi mano toma la perilla. Después viene la loseta del pasillo, y este frío, carajo, y el jarrón roto, y tanta sangre, y mira la rodilla, y vuelve la mano, y suelto un golpe, y me jala, y me suelto, y me encierro en el baño, y pongo el seguro, y vomito en el piso, y abro el chorro agua fría. Tiemblo, y la garganta me está raspando, y tengo la nariz húmeda, y además oigo los pasos y los gritos, y yo doy vueltas. Y de pronto el silencio. Y el silencio. Y este silencio. Y la mano blanca en la ventana. Y yo corro las cortinas, y me encierro en la regadera, y respiro profundo, y abro el agua caliente, y me recargo contra la pared, y ya no hace frío . Las pastillas en la boca, y la cara de mi mujer encima de mi, y ella tiembla, y ella llora, y yo me duermo y sueño por sexta vez el mismo sueño.
domingo, 21 de octubre de 2007
Neurosis (plática de frente)
¿Estás cómodo? Deberías; esa silla me costó un ojo de la cara. Sabes, me gusta esto de estar sentada frente a ti sabiendo que no puedes responderme... tu tono de voz me daba ganas de matarte. Tu simple presencia para serte sincera. Pero ahora no, ahora estoy muy cómoda aquí, arrumbada en el sillón sin hacer más que hablarte. Si vieras tus ojos en este momento, pareces a punto de llorar. Tengo la impresión de que me puedes escuchar, o que estás arrepentido de lo que me hiciste. Pero han de ser sólo suposiciones. ¿Lloras? Limpiaría tus lágrimas pero la verdad es que me da flojera levantarme. Además, tú solías hacer lo mismo conmigo; abandonarme en mi cuarto con lágrimas y moretones. Pero ahora tengo el gusto de verte llorar a ti... humillado. Te veo inmóvil y me satisface enormemente. ¡Carajo! Déjame ir por la puta cubeta. ¿Dónde la había dejado? Ah, aquí está.
Ten, deja caer tu vómito aquí. Procura no ahogarte, todavía no ha sido suficiente tiempo. Jejeje, es chistoso ver como vomita alguien sin moverse. ¿Ya fue todo? Deja limpiar este desastre. Tanto que me hiciste sufrir antes y mírame, limpiando tu vómito del piso. La vida da tantas vueltas ¿no? Bueno, la verdad es que ahora eres algo así como mi responsabilidad. Por lo menos la responsabilidad de mis actos. Pero no te preocupes, no me molesta desperdiciar parte de mi vida y mi juventud en ti, lo prometo. Es más, me satisface verte muerto en vida. Verte morir lenta y dolo- ¡Mierda! ¡Hijo de puta, me vomitaste toda! Voy por un trapo. Si vomitas, vomita en la pinche cubeta, no en mi. Pendejo. ¿Sabes que? Creo que vomitaste sobre mi a propósito, creo que me estuviste escuchando y que esperaste que estuviera cerca para hacerlo... bueno, serán suposiciones otra vez ¿no?. Deja te limpio la boca... ¿Qué fue eso? ¿Te moviste? Pero si el doctor dijo que no te volverías a mover... ¡No!, no lo hagas, no te muevas ¡No te muevas! ¡Te estoy diciendo que no te muevas! Yo- yo no quiero que te muevas... yo te quiero aquí, junto a mi... conmigo. Tú ya sabes que si un día te levantas de esta silla, o si ya no necesitas que te de en la boca las pastillas, tú sabes que si te levantas y me dejas te vuelvo a aventar por la colina. Por que mi vida de mártir, padre, mi vida de mártir no me la quitas.
lunes, 10 de septiembre de 2007
Tres y media.
1
ncima el fardo de una pena de muerte, ni de cincuenta años malgastados. Salir del consultorio y encontrarse de frente a la puta vida, mientras se va deshilando la que queda; salir mientras la llama se apaga, y no encontrar mechero, infierno, veladora que la encienda; salir a un pueblo de las tres y cinco dejando de ser un ciudadano corriente para entrar de golpe a la casta de los moribundos, aquellos indeseables. Aquellos que tienen sellado el porvenir del mal morir, aquellos que no tienen la condena latente, sino firmada, del destierro de la vida; aquellos pobres diablos que, como doña Beatriz, se sientan en la calle con su poca vida a esperar que la muerte no se los lleve en viendo el techo en la cama; o, que como Brunno, hijo de los Salazar, viven la muerte en vida: con el cerebro seco pero el corazón latiendo. En fin, de golpe ser parte de aquellos imbéciles que solo esperan... no, cuál esperan; aquellos que desean, ansían que les llegue sin tanta prórroga el último segundo. Entrar vivo al consultorio y salir sentenciado a un pueblo de las tres y siete, hora en que sólo los turistas pasean por la plaza sin quiosco que está frente al consultorio, hora del sol despiadado y sin nubes, hora en que no hay nada abierto pues todos o casi todos salieron a su hora de comer, salir sin más esperanza que morir de repente, o no morir nunca, y no en dos a tres semanas. «¡Adiós, don Marcial!» dice el chico Bojórquez cuando pasa frente a él con su bicicleta. "Adiós" le dice el niño, y a Marcial le sabe amargo. Por lo bajo, lo manda a chingar a su madre. «Al fin y al cabo» se dice con los resabios del rencor «Si bien se piensa él también se está muriendo, o por lo menos sé que se va a morir algún día; y no razones que detengan a la muerte. Quién quita y a la vuelta de la esquina se cae y se rompe la cabeza con una piedra". Se dice al tiempo que se maldice por pensar tal barbaridad. Si no se persigna (cosa comprensible puesto que no es mal católico) es porque en algún rincón de su alma culpa a Dios por su mala memoria, lo culpa por haberlo olvidado, y cree justo que él también se pueda dar el lujo de olvidarlo. Es, a fin de cuentas, un hombre que al conocer su destino lo busca en los ojos de los demás, quizá como finta a su corta realidad o como expresión del odio recién estrenado hacia su futuro.
3
El pueblo de las tres con nueve con polvo pero sin viento, el pueblo de las tres y diez con sol y sin sosiego, el pueblo de las tres y once con el pueblo de las tres y doce comiendo, el pueblo de las tres y trece con un viejo agónico que atraviesa en diagonal la plaza, el pueblo de las tres y cuarto preparado a tachar a alguien más de la lista.
4
«¿Qué es la muerte?» se cuestiona ingenuo, como el que pregunta por el aspecto del presidente cuando está a dos pasos de darle la mano. «¿Qué es la muerte?» se repite pero no se contesta. No se atreve a hacerlo, niega la respuesta para negarse a sí mismo lo que ya sabe. La banca de la plaza sin quiosco del pueblo de las tres y veinte le da asiento a su cuerpo con preguntas; pero el árbol de la plaza sin quiosco del pueblo de las tres y veintiuno le da sombra viva a sus respuestas.
No eleva, ni se le ocurre elevar su pensamiento ni a su esposa ni a sus hijos, ni a sus padres fallecidos, ni a los amigos que se le fueron. Tampoco comenzó a lamentarse por sus posesiones materiales ni por la vida que había vivido. Reflexionó en cambio en su pasado tan pasado y, sobretodo, en su futuro tan seguro. Sus pensamientos no caen en los lugares comunes de los condenados, su corazón no pesa tanto como sus ansias de vida; su memoria no quiere aprovechar estos días para retroceder: su memoria, sencillamente, no quiere dejar de crecer.
5
La banca verde de la plaza con polvo y sin quiosco del pueblo de las tres y veinticinco lo ve levantarse, dejando, al momento en que se alza, toda su congoja, su auto-compasión, reemplazándolo a su vez, por el coraje, por la rabia. Dejando inundar su cuerpo por algo semejante al odio, da tres pasos y trastabilla; cierra los ojos y ve, a través de los párpados, un mundo de sombras teñidas de rojo. Le tiembla la barbilla al suspirar, le queda en la garganta un sabor a calor con polvo, a la tierra hervida de aquél pueblo de las tres y veintisiete.
6
Empieza a caminar y camina cada vez más rápido, corre: Se dirige al consultorio del doctor Reyes para gritarle a la cara su rencor. Este odio nuevo (un odio no creador, pero tampoco ciego) lo lleva a toda prisa, a pesar de que está consciente de lo idiota de su razón de ser. Un odio solo comparable con el que se siente cuando se le reclama al mensajero por anunciar la caída del reino; pero que, sin embargo, no puede contenerse.
7
Marcial corre con el sudor y el polvo haciendo sal en sus arrugas; corre y no se da cuenta, hasta sentir el golpe, del carro de un turista, miembro de aquella raza extraña a la que se le ocurre utilizar coches en este pueblo a las tres y media.