lunes, 17 de noviembre de 2008

domingo, 9 de noviembre de 2008

La verdad es que...

Siempre que piso caracoles me dan ganas de llorar.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Caín (primera parte)

Dios: Caín.
Caín: Sí, dígame.
Dios: ¿Has visto a tu hermano Abel?
Caín: [De inmediato se pone frente a los pies de Abel intentando cubrirlo] Ehhh... pues, ejem, no, pues... no, a decir verdad, no lo he visto.
Dios: ¿Estás seguro? Me pareció haberlo visto salir contigo esta mañana.
Caín: Ammmm... no, que yo me acuerde, no.
Dios: Sí, los vi salir juntos. Le ibas hablando de un lugar interesante en el bosque.
Caín: ¡Oh! Sí, eso... ehh... este...
Dios: ¿Ajá...?
Caín: No era Abel...Era Pedro, el mapache.
Dios: ¿El mapache? Yo no recuerdo haber creado a ningún mapache llamado Pedro...
Caín: Sí bueno, Dios, ya ves como son estos mapaches... apenas uno voltea los ojos y ya están dándole... Tú sabes...
Dios: Eso sí...
[Silencio incómodo; Caín intenta salir de escena disimuladamente con pasos cortos. Deja a la vista los pies de Abel]
Dios: ¡Caín! ¿¡Qué es eso!?
Caín: ¿Qué es qué?
Dios: ¡Eso! Eso que está tirado a tus pies.
Caín: Ammm... ¿una piedra?
Dios: No... creo... ¡creo que es Abel!
Caín: ¿Te parece? Yo digo que parece más una piedra.
Dios: ¡Te digo que es Abel!
Caín: ¿Seguro que no es una piedra?. Digo, a fin de cuentas, yo no soy el que confunde a mi hermano con un mapache...
Dios: ¡Abel! ¡Abel! ¿Eres tú? ¿Estás bien?
Caín: A ver, déjame ver... [mueve el cuerpo de Abel] Pues... no se mueve ni nada.
Dios: ¡Está muerto!
Caín: O -como decía antes- es una piedra.
Dios: No, no puede ser una roca. Las piedras no sangran, y siento sangre sobre la tierra.
Caín: Igual y fue el mapache. Debiste ver el madrazo que se metió hace rato...
Dios: ¡Es sangre humana!
Caín: [como si no lo escuchara] ...iba caminando, no vió la raíz y ¡paz!... de hocico al suelo.
Dios: Cónvéncete, Caín, de que tu hermano es el que está en el suelo, que la sangre que fluye es suya, y que ha muerto.
[Caín se queda callado unos momentos con la mano en la barbilla]
Caín: Igual y tampoco vio la raíz....
[De repente, los árboles se mueven y dejan al descubierto la quijada de burro]
Dios: ¡Caín! ¿Qué es eso junto a su cuerpo?
Caín: Ehhh... ¿Otra piedra?
Dios: No... es... es una quijada de burro... ¡Y mira! está manchada de sangre.
[Caín la levanta y la sostiene; la empieza a admirar desde varios ángulos]
Caín: No es de burro, es muy chica para ser de burro. Yo digo que es de caballo...
Dios: A mí me parece que es de burro.
Caín: A lo mucho, te diría que es de mula, pero de burro no creo que sea.
Dios: Coño, Caín; ¡yo soy el que los he creado! Créeme que sé diferenciarlos
Caín: No me tienes que hablar así...
Dios: Oh, lo siento.
Caín: Digo, como hace tanto tiempo que no bajas... pensé que igual y ya no los recordabas.
Dios: ¡No es cierto! Bajé el otro día...
Caín: Sí, digo, a crear manatíes... y a saludar a Abel, claro. Siempre saludando a Abel; pero a Caín ni un hola, ¿verdad? Abel se pierde tantito y ahí andas buscándolo desde Nod hasta el Edén; y si el pinche Caín se rompe una costilla, no ve ni tus luces. Sabes, Dios; ya no eres como antes... has cambiado.
Dios:No he cambiado... sigo siendo el mismo que conociste...
Caín: ¡No es cierto! ¡Te la pasas en tu nube!
Dios: Bueno, sea de lo que sea... el punto es que Abel ha muerto.
Caín: ¡No me intentes cambiar el tema!
Dios: ¿Qué no ves, Caín? ¡La quijada de burro es el arma homicida! ¡Abel ha sido asesinado!
Caín: Errr...
Diós: [Vociferando] ¿Quién es el culpable? ¿Quién es el que ha asesinado a mi hijo más amado?
Caín: [Por lo bajo] Uy sí, el más amado...
Dios: Dime Caín, ¿quién?
Caín: Pues... a mí me cae que fue Eva...
Dios: ¿Eva?
Caín: Errr.. sí, digo... tiene antecedentes, ¿no?

miércoles, 29 de octubre de 2008

Globos naranjas

Yo iba en tercero de Kinder. Ese día mi profesora no había ido, así que decidieron juntar a la clase del grupo A con la del grupo B. Nos odiábamos: los del A eran los Asnos, y los del B éramos los Burros. Supongo que no teníamos mucho vocabulario, o que conocíamos muy pocos animales.
Por alguna extraña razón, ese día nos habían dado un globo naranja a todos. Un globo común y corriente, pero naranja. Desde entonces era distraído y siempre me entero de las cosas a la mitad, por eso medio entendí que teníamos que llevar el globo al día siguiente. Cuando llegué a la casa, le enseñé mi globo a mi tío Mau. Él tomó una regla y me dijo que me alejara, que me lo iba a pasar. El globo estalló al contacto con la regla. A mi tío le dio risa y yo me puse a llorar. Le expliqué que lo tenía que llevar a la escuela al día siguiente y que era mi tarea y que él la acababa de romper. Lloré un buen rato, y mi tío se sintió muy apenado conmigo. Como a las dos horas, cuando llegó mi madre del trabajo para comer, un globo anaranjado y enorme la acompañaba. No se lo quise prestar a mi tío.

Al día siguiente llegué con mi globo a la escuela.
Yo era el único que lo llevaba.
Lo troné yo mismo.

martes, 28 de octubre de 2008

On the radio




Ok, no les voy a decir que es el descubrimiento del siglo
pero resulta que yo amo a esta mujer
por su voz, su tono de piel, su sonrisa
su maraña de cabello, sus canciones
(y haciendo trampa me doy cuenta que tiene ojos bonitos)

En fin, mi amada, la ruso-neoyorkina Regina Spektor.

viernes, 17 de octubre de 2008

Sostenida discusión con el diapasón

Lo que pasa es que hace meses me desvelaban las melodías que me aturdían. Y recuerdo que desde que me iba a la cama lo sentía. Lo presentía al insomnio y a la danza de notas en mi cabeza. Es como algo, algo... tú sabes. Sé que lo has sentido, y que también te jode el sueño. Y que cuando estás a punto de conciliarlo, y estás convencido de haberte exorcisado la melodía del kókoro y crees que por fin dormirás bien, aparecen de nuevo los compases sonando fuerte. Tan fuerte, que jurarías que el estéreo está encendido y que la música no viene de tu cabeza. Y es casi compulsivo, ¿sabes?

Así que una noche, por fin, no aguante más y me levanté de la cama dejando a mi mujercita sola por ir a tomar el violín y a encerrarme en el estudio. Y me puse a tocar, o a intentar tocar lo que traía en la cabeza. Y era bueno, créeme, pero no era excelente. Y a la vez era malo porque no era lo que traía en la cabeza, porque lo que traía en la cabeza era diez, quince, veinte, treinta veces mejor. Y sin embargo no salía, no conseguía arrancarle al violín la perfección que me sacaba la lengua en mi cabeza. E intentaba anotarlo, pero no podía ¿sabes? Estoy convencido que a ti, que a los escritores les pasa lo mismo; que a ustedes también la obra se les va formando a la cabeza, tan perfecta y tan de prisa que no puedes escribirla, ni tocarla, ni expresarla por más rápido que talles, digites o mecanografíes. Y te aseguro, carajo, que era mi obra cumbre. Era de una genialidad indiscutible, pero no se reflejaba en las cuerdas, ni en las notas del pentagrama. Porque lo que no sabes, es que me agarré un pentagrama y empecé, según yo, a anotarlo. Y si anotaba, por decir mi-do-la y la ligadura terminaba el acorde ese y ponía otra ligadura que me llevaba a sol y continuaba con arco arriba en acorde si y sol y del sol ligadura a fa natural y... bueno, yo sé que de esto no entiendes; pero después de anotarlo me daba cuenta que no, que no carajo, que no era la cosa bella que se me movía en la cabeza, que resonaba en mi cabeza.

Y dejaba de escribir y volvía a darle al violín, ya sabes, trán-trán-trún-trán, con todas las ganas, con toda la fuerza del arco, sin darme cuenta, claro, que todos en la casa estaban dormidos. Y de repente empezó a estar bien. Empezó el rapport entre mis dedos y la melodía de mi cabeza... hasta que entró mi mujer a preguntar qué hacía tocando a esas horas. Pero carajo ¡por fin iba llegando! ¡por fin me iba acercando! Por fin, por fin lo que iba tocando empezaba a cobrar sentido, empezaba a emparejarse con lo que traía en la cabeza. Y ella llega y me interrumpe, y me saca del tiempo. Y yo, no sé si sin quererlo o sin pensarlo, le aventé el bote de resina.

Aquí, mira, aquí en medio de la frente le fui a dar. Y ella sólo cayó al piso y yo cerré la puerta. Y seguí tocando, ¿sabes? No lo pensé ni un segundo, seguí tocando toda la noche sin volver a acercarme a eso, a la obra maestra que desfilaba entre mi cabeza.

Eventualmente amaneció, y yo rompí en mil partes esos esbozos, esas mierdas de partituras. Y el violín, bueno, el violín fue a hacerse pedazos contra la banqueta frente a mi ventana. Me serené tantito y salí del cuarto para dar con que mi mujer seguía ahí tirada. Sin pulso. Muerta.

Por eso estoy aquí, por eso tengo un número que todavía no me he aprendido. Así que dime, escribano ¿Mi historia se merece un cuento, o una novela?

Los viudos de Mario Benedetti

No pasaban de quince, y no hacía tanto frío. Se agolpaban -dirían los viejos- frente a la puerta, esperando el momento en que Serrat saliera. Yo estaba algo más lejos; quizá a la izquierda de un roble, esperando en silencio.
Sale Serrat: flashes, abrazos, doñas dándole besos, la plumita y el disco, la plumita y el póster, la plumita y el libro.
Es amable, pero está cansado y se nota que no quiere estar ahí. En tres minutos deja de firmar cosas y de posar con gente. Avanza, y avanza a donde yo estoy.
Me le lanzo, y me aferro a él. Lo abrazo casi de golpe sacándole un poco el aire con mi cabeza hundida en su pecho. Y de la nada, sin poder contenerlo, empiezo a llorar en su solapa.
"Se murió Mario" le decía. "Se murió Mario" una y otra vez.
Y Serrat me toma de los hombros y me dice "¿Cuál Mario, tío? ¿De qué Mario me estás hablando?" y le digo yo "De Benedetti, carajo, se murió Benedetti"
Y Serrat se pone como si le hubiera dado un tiro. Se lleva la mano al pecho volteando a todos lados. Buscando con la otra mano un lugar dónde apoyarse, da con el roble, se recarga en él, y se deja caer al piso. Llorando sin sollozos.
En cambio, yo ya tengo hipo, y sendos lagrimones me dejan la bufanda como sopa.
Serrat y yo lloramos juntos, rodeados por las quince personas que en silencio nos veían -a mí de pie, a él sentado- lagrimear. do.
Eventualmente dejo, dejamos de llorar. Sólo entonces me quito los lentes empañados, y me tallo los ojos con los puños cerrados. Serrat también se talla, pero él con las palmas abiertas.

Cuando a la mañana siguiente le digo a mamá que tuve un sueño raro, y ella pregunta "¿Qué soñaste?" yo le contesto que soñé un cuento de Benedetti.

domingo, 14 de septiembre de 2008

desbordándome

Cristian vivía en la casa de la izquierda. Parecía chino y era mi mejor amigo. Su familia era cristiana, y me invitaron a ir a la iglesia con ellos un par de veces. Algo que tienen en común todas las religiones es que son aburridas. Pero a mí se me hacía muy chistoso que se llamara Cristian y fuese cristiano. Jugábamos a los carritos en su patio. Tenía muchas piedritas y hacíamos caminos. Alguien, no sé quien, me regaló una vez una especie de croquis para jugar a los carritos. Con calles, espacios para estacionarse y todo. Yo lo llevaba a casa de Cristian y se lo presumía, y jugábamos en él, y acababa todo raspado por las piedritas. Una vez entré a su casa. Era fea, pero en su cuarto tenía una alfombra enorme con más callecitas, autopistas y estacionamientos de los que jamás había imaginado. Desde esa vez, no volví a sacar mi mapita.

Cristian tenía una litera que me fascinaba aunque siempre oliera a orines. Él y su hermano mayor (que a mí se me hacía enorme, pero en realidad debió haber tenido unos nueve años) dormían en la cama de arriba. Su hermana menor dormía en la cama de abajo. Una noche, la cama de arriba se cayó y su hermana murió al intante. No sé por qué no me acuerdo de su nombre.

Sólo éramos dos niños en mi calle. O por lo menos en ese lado de la acera. Nunca -jamás de los jamases- cruzábamos la calle.
Una tarde llegó David a la casa de al lado. La de la derecha. Tenía juguetes de los caballeros del zodiaco y con eso se ganó a Cristian. No lo niego, soy celoso. Preferí estar sólo, a tener medio amigo. Además, los dos eran más grandes y ya se sabían la tabla del dos. Yo ni sabía que era una tabla; y creo si hubiera sabido, quizás no habría tenido tantas ganas de saberlas.
Así que dejé de juntarme con Cristian y me encerré a cal y canto en mi casa. Pero luego su hermana se murió y se mudaron. A la Zona Río, creo. Cuando nos depedimos, me dijo que estaba invitado cuando quisiera. Pero nunca lo volví a ver.

David y yo nos hicimos mejores amigos, pero creo que nunca lo quise mucho. Él era Yoga y yo Seiya, y yo tenía un bat de baseball y jugábamos en mi patio sin entender mucho lo que hacíamos.
Un día, apareció Édgar. Vivía a tres casas a la derecha, y tenía un jardín enorme y plano. Todos los patios que conocía eran inclinados, y si jugabas fútbol, la pelota siempre iba a gol. Pero el patio de Édgar era enorme, y su papá vendía maquinitas de videojuegos (de esas que hay en las pizzerías) y nosotros podíamos jugar gratis. Además, sus rejas eran altas y no volábamos la pelota cada cinco minutos.

Una tarde jugábamos con nuestros dinosaurios de Jurassic Park mientras comíamos pasto y el sol caía. Al día siguiente yo tenía que volar a México para ver a mi papá y no los vería por dos meses. Y el sol estaba rojo y yo, no sé por qué, supe que ese momento era el último día de mi infancia. Todavía lo pienso. Todavía pienso que a los siete años se me murió la infancia.